Belichick fuera de Canton: cuando la grandeza no basta
Desde la Tribuna
Por Laura Sandoval
Con el Super Bowl LX en puerta y con los Patriots de regreso al gran escenario esta semana las redes explotan no precisamente por lo que puedan hacer Drake Maye y compañía, sino por su exentrenador el Coach Belichick.
Por años, Bill Belichick fue sinónimo de control, de ventaja estratégica y de una era irrepetible en la NFL. Hoy, paradójicamente, es también el protagonista de una de las decisiones más polémicas del Salón de la Fama.
La noticia sacudió al ecosistema del fútbol americano: Bill Belichick no fue seleccionado al Salón de la Fama de la NFL en Canton, Ohio, en su primer año de elegibilidad. Para algunos, una afrenta histórica. Para otros, una consecuencia lógica de un legado tan brillante como incómodo. El debate está servido.
Ocho anillos de Super Bowl, seis como head coach, dos más como arquitecto defensivo. Más de dos décadas de dominio sostenido. Un sistema que cambió la forma de pensar el juego en la NFL moderna. Bajo cualquier parámetro estrictamente deportivo, Belichick parecía un ingreso automático, casi ceremonial.
Por eso, la sorpresa no fue menor. La ausencia de su nombre en la lista final provocó incredulidad entre aficionados, exjugadores y analistas. No es común que el Salón de la Fama —una institución diseñada para celebrar la grandeza histórica— se permita decisiones que desafían el consenso.
Desde esta óptica, el rechazo luce como un error: castigar al arquitecto de una dinastía por no ser simpático, por no ser narrativamente cómodo.
Pero reducir el caso a números y campeonatos es ignorar una parte esencial del debate. Belichick no es una figura neutra. Su legado está atravesado por polémicas que, aunque nunca borraron sus títulos, sí dejaron marcas profundas: Spygate, Deflategate y una constante percepción de operar en los márgenes del reglamento.
Para ciertos votantes, el Salón de la Fama no es solo un registro de victorias, sino un espacio de legitimación moral del juego. Y ahí es donde Belichick divide. ¿Se puede separar la genialidad estratégica de los métodos cuestionables? No todos están dispuestos a hacerlo en el primer intento.
Existe también un factor clave: el timing. Belichick no es una figura lejana, mitificada por la nostalgia. Su historia es reciente, aún caliente, aún debatida. Todavía genera reacciones viscerales.
La reducción del periodo de espera para entrenadores expone una falla estructural: se evalúan legados históricos con emociones contemporáneas. Tal vez no se trata de si Belichick merece entrar, sino de si el proceso actual permite juzgar con perspectiva a figuras tan dominantes y polémicas.
La controversia no solo pone bajo la lupa a Belichick, sino al propio Salón de la Fama. La opacidad del proceso, el peso excesivo de un grupo reducido de votantes y la falta de criterios públicos claros alimentan la sospecha.
Cuando una decisión genera más ruido que consenso, la institución también queda en entredicho. El Salón existe para ordenar la historia, no para incendiarla.
No se puede ser más papista que el papa, en el sentido de que algunos de los entronizados han presentado historias que ponen en duda la honorabilidad de los mismos. Casos muy concretos como el O.J. Simpson, Michael Irving o el mismo Lawrence Taylor, por mencionar algunos.
De haber sido así una forma “elegante” de “castigarlo” por estas situaciones hubiera sido desde un principio negar la oportunidad al proceso y no llegar hasta esta instancia, que al final pone y exhibe a los 10 miembros del consejo que optaron por ejercer su poder.
Belichick entrará, tarde o temprano y ese no es el problema. Lo verdaderamente importante es pensar en figuras como Marty Schottenheimer que aún sin ganar algún Super Bowl aspira algún día acceder a la inmortalidad. Pero si el estándar de la grandeza no lo puede alcanzar el más grande de todos los tiempos, con todos los récords que puedan existir o después de haber entrenado al mejor defensivo y ofensivo de la historia… En fin algún día será realidad si es que no existen más objeciones su lugar en la historia de la NFL es inamovible. Pero este episodio deja una enseñanza incómoda: la grandeza no siempre es cómoda, ni siquiera para quienes se encargan de preservarla.
Canton puede esperar. La historia, no. Y en esa historia, con o sin placa inmediata, Bill Belichick ya ocupa un lugar central, incómodo, debatido… y absolutamente imposible de ignorar que ha días de hacerlo oficial el prestigio del recinto de los inmortales quedará opacado por sentimientos y pasiones personales mucho más allá de construcción y el legado hacia el football americano profesional.
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