La solidaridad latinoamericana
El Ágora
Por Ana Gómez
A las 7:30 de la mañana del día lunes, mientras millones de colombianos y colombianas desayunaban, dormían o se preparaban para comenzar la semana, la tierra se movió bajo el municipio de San José del Palmar, en el Chocó. Magnitud 7.4, noventa y seis kilómetros de profundidad, treinta y dos estaciones sismológicas registrando lo mismo.
Esa profundidad, que suele amortiguar el golpe en la superficie, tuvo un efecto perverso, porque repartió el terremoto por medio país. Se sintió en Bogotá, en Cali, en Medellín, en Pereira, en Manizales. Se sintió en Ecuador, en Panamá, en Venezuela. Es el sismo más fuerte que Colombia registra en una década y al cierre de esta columna el saldo rebasaba los 111 muertos, con la certeza incómoda de que esa cifra va a ser vieja para cuando usted la lea.
Para quienes vivimos aquí, las imágenes llegan con una familiaridad que duele. Los edificios vaciándose a media mañana, la gente en la calle en pijama, el rumor que corre más rápido que el boletín oficial. En México sabemos de esto. Lo sabemos con 1985 y con 2017, y lo aprendimos de la peor manera, con la fuerza de escombro.
Conviene detenerse en un dato, el epicentro estuvo en el Chocó, que no es en cualquier parte de Colombia, sino en el departamento o lo que en nuestro país sería el Estado que lleva décadas encabezando todos los índices de pobreza y todos los rezagos de infraestructura del país. En Quibdó hubo heridos, edificaciones gravemente dañadas, cortes de energía y de telefonía. Los sismos, ya lo sabemos, no leen encuestas ni consultan mapas electorales.
Además el Eje Cafetero de Pereira, Manizales, Armenia. Los mismos nombres de las portadas de 1999, cuando un terremoto dejó más de mil muertos en esa zona. Veintisiete años después, seis aeropuertos suspendidos por daños, veinte estructuras colapsadas nada más en Cali, carreteras estratégicas cerradas por deslizamientos. La memoria sísmica existe. Lo que falla es su traducción a presupuesto, a norma constructiva y a supervisión real de quien construye.
DOS MANERAS DE TENDER LA MANO
El terremoto encontró a Colombia con un presidente de tres días de antigüedad. Abelardo de la Espriella decretó desastre nacional, instaló un Puesto de Mando Unificado en la UNGRD y se trasladó a la zona. Nada que objetar o felicitar, es lo que corresponde.
Lo que sí se puede leer, y con lupa, es la geografía de la solidaridad. El secretario de Estado Marco Rubio anunció que la administración Trump «monitorea de cerca» el terremoto y está «lista para apoyar». Monitorear de cerca es una modalidad de ayuda humanitaria notablemente económica. Desde Palacio Nacional, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo otra cosa: «todo el apoyo que requiera, si es necesario, el pueblo de Colombia, ahí vamos a estar».
Podría sonar igual de protocolario si no fuera porque México ya lo demostró hace seis semanas. Cuando Venezuela fue golpeada por dos terremotos en junio, nuestro país no mandó un comunicado, mandó 250 elementos, 18 binomios caninos, insumos médicos y equipo de búsqueda y rescate. Ahí está la diferencia entre la solidaridad como gesto y la solidaridad como política de Estado. Una se redacta en la mañana y se olvida en la tarde; la otra exige brigadas entrenadas, perros certificados, aviones disponibles y la decisión previa de sostener todo eso con dinero del pueblo de México, para ayudar a nuestro hermano pueblo de Colombia.
Colombia todavía no solicita formalmente asistencia mexicana, pero el ofrecimiento tiene detrás una institucionalidad y un antecedente. Que un país rescatado tantas veces se haya vuelto un país que rescata es, quizá, el gesto diplomático más digno que México ha acumulado en años y en gran parte gracias a la transformación. No se compra con publicidad ni se negocia en una mesa de aranceles.
México y Colombia comparten hoy algo más que una vecindad cultural y una historia común de saqueos y resistencias, compartimos el suelo inquieto y la obligación de recordar. Que el ofrecimiento se convierta en aviones cargados y rescatistas en tierra. Y que, a nosotros, del otro lado, no se nos olvide estar preparados. Porque cuando la tierra se mueve, lo único que de verdad queda en pie es la manera en que nos cuidamos entre nosotros.
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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
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