Nadie por encima del movimiento

Nadie por encima del movimiento

El Ágora

por Ana Gómez

El caso de Rubén Rocha Moya se convirtió, sin quererlo, en una prueba de carácter para la Cuarta Transformación. El gobernador de Sinaloa, señalado desde abril por una acusación de la fiscalía del Distrito Sur de Nueva York, pidió licencia, se ausentó 112 días y el 21 de agosto reapareció sin avisar a nadie para retomar el cargo. Poco más de treinta horas después volvió a pedir licencia, ahora indefinida. Entre el ir y venir quedó una certeza. Cada movimiento fue suyo y de nadie más.

Conviene subrayarlo, porque ahí está el fondo del asunto. No hubo instrucción del partido, ni gestión desde Palacio Nacional, ni una jugada coordinada desde arriba. Hubo un gobernador tomando decisiones por su cuenta, y un movimiento que, en lugar de seguirlo, marcó distancia.

Una decisión personal

La reacción del gobierno federal y de Morena fue clara y, para los estándares de la política mexicana, inusual. Morena informó por escrito que “no tuvo conocimiento previo de la decisión personal del gobernador”. La Secretaría de Gobernación repitió la fórmula y habló de una “decisión personal”. No hubo cobijo, no hubo el clásico cierre de filas, no hubo el viejo reflejo de proteger al de casa a cualquier costo.

La presidenta Claudia Sheinbaum fue todavía más directa. El sábado escribió una frase que funciona casi como línea editorial de todo el sexenio. “Ningún interés personal puede estar jamás por encima de los intereses del pueblo y de la Nación”. Dos días después, en la mañanera, calificó el regreso de Rocha de “imprudente” y “no pertinente”, y aclaró que se enteró “por la publicación del propio gobernador”. Nadie le avisó. Nadie salió a defenderlo. Dentro del propio Morena, voces como la de Ricardo Monreal le pidieron abiertamente reconsiderar mientras la Fiscalía General de la República concluye sus investigaciones. Esa distancia no es un detalle menor. Es, en los hechos, una definición.

Más grande que un nombre

Para dimensionarlo hay que mirar hacia atrás. Durante décadas, cuando un gobernador quedaba embarrado, el sistema entero se movía para blindarlo. El fuero servía de escudo, el partido de coartada, el presidente de padrino. El poder se organizaba alrededor de las personas, y las personas se volvían intocables. Un gobernador incómodo no se soltaba; se protegía, se negociaba, se escondía debajo de la alfombra hasta que pasara la tormenta.

Lo que se vio con Rocha apunta en otra dirección. Ni la presidenta ni el partido salieron a cargarlo en hombros. Al contrario, tomaron distancia y dejaron que las instituciones, la FGR y el Congreso de Sinaloa, siguieran su curso. El mensaje, dicho sin adornos, es que nadie está por encima del proyecto. Ni un gobernador, ni un fundador, ni un histórico.

Y ahí hay una idea que vale la pena defender. Un movimiento que se sostiene en una sola figura es frágil, porque cae con ella. Basta derribar a una persona para derribarlo todo. Un proyecto que se sostiene en una idea, la de gobernar para las mayorías, puede sobrevivir a los errores, y hasta a las traiciones, de cualquiera de sus integrantes. Esa parece ser la apuesta de fondo de la Cuarta Transformación, no depender de ningún indispensable, no tener un solo hombre imprescindible cuya caída signifique la caída del conjunto.

Lo que falta

Ahora bien, tomar distancia no es lo mismo que hacer justicia, y sería un error confundir una cosa con la otra. Mientras se resuelve el futuro político de Rocha, Sinaloa sigue sangrando. Los homicidios en el estado crecieron cerca de 75 por ciento en 2025, el mayor incremento del país; miles de empleos se perdieron entre cierres y desplazamientos; y el asesinato de Héctor Cuén, ocurrido el mismo día del secuestro de Ismael “El Mayo” Zambada, todavía carga contradicciones que nadie ha terminado de aclarar.

El desmarque político es un buen comienzo, pero no puede ser el punto final. La vara con la que se medirá a la Transformación no es la rapidez con la que suelta a un gobernador incómodo, sino la seriedad con la que investiga y la paz que le devuelve a un estado exhausto. Distanciarse de una persona es fácil cuando esa persona ya se volvió un problema; lo difícil, y lo verdaderamente valioso, es garantizar que las víctimas no se queden esperando justicia.

Por eso conviene celebrar lo que hay que celebrar sin perder el piso. Que Morena y la presidenta hayan preferido el proyecto por encima de la lealtad personal dice algo bueno sobre la naturaleza de este movimiento. No es propiedad de nadie y no cabe en una sola persona. Pero esa misma firmeza tiene que llegar hasta donde de verdad duele. Un movimiento se pone a prueba no cuando todo marcha bien, sino cuando alguien de casa se equivoca. La primera parte del examen, no taparlo, parece resuelta. Falta la más importante, que es la justicia para las víctimas y la seguridad para quienes, en Sinaloa, llevan dos años viviendo bajo el fuego.

Sigue a Ana Gómez en X: @AnaGomezCalzada

*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.

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