Un capítulo nuevo en la pacificación de México 

Un capítulo nuevo en la pacificación de México 

El Ágora 

Por Ana Gómez

La caída de un líder criminal no es simplemente un cambio de nombres en el organigrama de la delincuencia; para miles de familias mexicanas, este hecho representa un respiro necesario y una señal de que la tranquilidad puede recuperarse cuando el Estado actúa con firmeza y coordinación real. 

En México, nos hemos acostumbrado peligrosamente a que las noticias de violencia nos sorprendan solo a medias. Los bloqueos, los incendios y las balaceras se han vuelto, para muchos, un ruido de fondo en la vida diaria, una coreografía de caos donde los nombres de los capos van y vienen como si fueran parte de una mitología inamovible.

Sin embargo, lo ocurrido recientemente en Tapalpa, Jalisco, con la caída de Rubén Oseguera, alias “El Mencho”, no fue una noticia más del montón. Fue, quizás por primera vez en mucho tiempo, una prueba tangible de que el Estado tiene la capacidad de actuar con determinación y que la seguridad en nuestras calles no está condenada a ser una batalla perdida de antemano.

El operativo que culminó con la neutralización del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG) destaca por lo que no fue, no fue improvisado, ni buscó ese espectáculo mediático al que los gobiernos del pasado nos tenían acostumbrados. Fue un trabajo silencioso, quirúrgico y de profunda inteligencia que logró alinear a las Fuerzas Armadas, al Centro Nacional de Inteligencia y a la Fiscalía General de la República. Se trata de esa labor que no se presume en redes sociales antes de tiempo, pero que se siente en el aire cuando finalmente funciona.

Durante la acción, las Fuerzas Especiales del Ejército repelieron una agresión directa y abatieron a cuatro integrantes del grupo delictivo, incluido su líder máximo. Más allá de los números, lo que verdaderamente importa es la precisión con la que se actuó sin montajes para la televisión, sin filtraciones que pusieran en riesgo a los operativos y sin ese ruido innecesario que tantas veces ha dejado a la ciudadanía atrapada en el fuego cruzado.

Como era de esperarse, la reacción del crimen organizado fue violenta y visceral, con bloqueos, incendios y ataques coordinados en distintos estados. Para quienes viven en esas zonas, el miedo volvió a calar hondo. Pero es crucial entender la naturaleza de esa violencia, no fue un despliegue de poder real, sino un manotazo desesperado. Cuando una estructura criminal pierde su cabeza, su instinto inmediato es sembrar el caos para intentar demostrar que sigue viva y operativa.

Una estrategia que empieza a sentirse en la vida diaria

Esta vez el mensaje desde el centro del país fue inequívoco, el Estado no va a retroceder. Lo que hace diferente este momento no es solo el éxito de un operativo aislado, sino la estrategia integral que lo sostiene por detrás. Desde el inicio de su administración, la Presidenta Claudia Sheinbaum ha mantenido una postura firme, donde la seguridad no se construye con discursos de guerra ni con «shows» de dudosa efectividad. Su apuesta ha sido fortalecer la Guardia Nacional, coordinar a las instituciones, investigar exhaustivamente antes de apretar el gatillo y, sobre todo, atender las causas sociales que alimentan la violencia.

La pacificación no es una palabra vacía que se lanza al aire en campaña; es un proceso que se construye paso a paso, con decisiones firmes y resultados que la gente pueda ver, tocar y vivir. Seamos clarola caída de “El Mencho” no va a resolver todos los problemas de seguridad de la noche a la mañana, pero sí abre una ventana de oportunidad invaluable. Es el momento para que las comunidades recuperen sus espacios públicos, para que las familias vivan sin el temor constante de quedar atrapadas en un bloqueo y para que los jóvenes tengan alternativas de vida distintas a las que ofrecen las organizaciones criminales.

Un momento para recuperar la confianza

Este es un momento para recuperar la confianza. Durante décadas, la ciudadanía escuchó promesas de seguridad mientras la realidad en las calles dictaba una historia muy distinta. Hoy, bajo el marco de la cuarta transformación, este operativo no se siente como un evento fortuito, sino como la consecuencia lógica de una estrategia de inteligencia que finalmente empieza a dar resultados palpables.

El camino, por supuesto, sigue siendo largo y complejo. La violencia tiene raíces profundas que no desaparecen en un solo día. Pero este capítulo demuestra que avanzar es posible cuando existe coordinación, inteligencia y una conducción política que no se deja intimidar por las amenazas. La gente no está pidiendo milagros imposibles; simplemente pide vivir tranquila, sentir que el Estado está presente y que las instituciones funcionan pensando en la seguridad de las familias y no en la fotografía política del día.

Lo ocurrido en Jalisco no es el final de la historia, pero sí es el inicio de un capítulo distinto. Uno donde podemos imaginar un país donde la violencia no sea nuestro destino inevitable, donde la autoridad no sea rehén del crimen y donde la pacificación deje de ser una promesa de papel para convertirse en una realidad que se construye, poco a poco, con hechos contundentes como este.

Sigue a Ana Gómez en X: @AnaGomezCalzada

*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.

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