Brasil, no cayó
El Ágora
Por Ana Gómez
Hace tres semanas la comentocracia regional ya tenía listo el obituario. Flávio Bolsonaro había ganado la primera vuelta por más de dos millones de votos, algunos sondeos le daban más de cinco puntos de ventaja y en las mesas de análisis se hablaba de Lula como de un señor de 80 años que no supo retirarse a tiempo.
El domingo, ese señor ganó con 51.79 por ciento y casi cuatro millones y medio de votos de ventaja. Desde el regreso de la democracia en 1989, nadie había perdido la primera vuelta y ganado la segunda. Lula lo consiguió en vísperas de cumplir 81 años, que celebra hoy. Que alguien les avise a los encuestadores que el pueblo no contesta encuestas, vota.
La soberanía no se negocia
En las urnas brasileñas también se respondió una pregunta muy vieja en América Latina, la de quién manda aquí. En esa boleta había un competidor que no aparecía impreso, la Casa Blanca. Washington impuso aranceles de 25 por ciento a productos brasileños y el secretario de Estado, Marco Rubio, tuvo la honestidad de admitir que eran el castigo que debía pagar Lula por anteponer su “ego”. Además acusaron de competencia desleal al Pix, el sistema público de pagos electrónicos de Brasil. Al parecer, que un país pague sin pasar por las empresas estadounidenses ya es una ofensa. Reuters reportó incluso que en el Departamento de Estado se empujaban sanciones para regresar a los Bolsonaro al poder.
Flávio, en lugar de deslindarse de esas presiones, prometió relaciones más estrechas con Estados Unidos y hasta una reforma constitucional para “redemocratizar” Brasil. Es decir, ofreció la soberanía como prenda de campaña. Los brasileños entendieron el trato y lo rechazaron. Lula se lo cobró en su discurso de victoria, cuando dijo que dudaba que Rusia, China o Estados Unidos tuvieran un ejército tan victorioso como el ejército de la democracia brasileña.
La respuesta del bolsonarismo fue la de siempre. Flávio ya anunció que buscará anular la elección porque el domingo se amplió dos horas el horario de votación, algo que su propia campaña también había pedido. La derecha continental tiene una relación curiosa con las urnas, son sagradas cuando gana y sospechosas cuando pierde.
El dique del sur
En año y medio la derecha ganó las presidenciales de Ecuador, Bolivia, Chile, Honduras, Costa Rica, Perú y Colombia, varias veces por un pelo y casi siempre con la bendición de Trump. Brasil era la ficha que faltaba para completar el dominó, y no cayó.
Así sigue en pie el eje que forman México, Brasil y Uruguay. Brasil y México, las dos economías más grandes de la región, siguen apostando por un modelo que pone primero a los de abajo y que no pide permiso en Washington para decidir su rumbo. Mientras otros gobiernos hacen fila por la foto con Trump, en estos tres países se defiende algo que el neoliberalismo nos enseñó a olvidar, que la dignidad nacional no está en venta.
La deuda que dejó el susto
En la primera vuelta se quedaron en casa 33.4 millones de brasileños, la abstención más alta desde 1998, en un país donde votar es obligatorio. Lula puso a su militancia a buscar a esos ausentes con propuestas concretas, como el fin de la jornada de seis días de trabajo por uno de descanso y el transporte gratuito los fines de semana. Según la encuestadora AtlasIntel, que la abstención bajara en la segunda vuelta explica buena parte del triunfo.
Ahí está la deuda. A la derecha le basta con que la izquierda deje de entusiasmar, y hace tres semanas eso casi le cuesta Brasil. El aviso quedó en el Congreso. El partido de Bolsonaro tendrá la bancada más grande en ambas cámaras y Lula gobernará en minoría. Si en estos cuatro años la gente no siente el cambio en su bolsillo, el desencanto va a regresar con factura.
Lo que viene en el norte
Brasil puede ser la antesala de lo que veremos en los próximos días. Hoy Israel acude a las urnas en lo que se planteó como un referéndum sobre Netanyahu y su guerra, y las encuestas no le dan a Netanyahu los escaños para seguir gobernando. El 3 de noviembre le toca a Estados Unidos, donde los demócratas llegan a las elecciones intermedias con nueve puntos de ventaja.
A los demócratas difícilmente se les puede llamar izquierda, pero a la gente que ha llenado las calles sí. En marzo, más de ocho millones de personas marcharon bajo el lema “No Kings”, la protesta más grande de un solo día en la historia de ese país. Este mes millones volvieron a salir, ahora para empujar el voto anticipado contra Trump y sus redadas migratorias.
Las marchas más grandes de estos años han exigido frenar la guerra y los abusos del poder, que es la agenda de siempre de la izquierda. Pero esa gente todavía no vota con la misma fuerza con la que marcha, y esa es la deuda grande. En Brasil una parte de los ausentes regresó el domingo, y alcanzó para ganar.
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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
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