El Mundial que une y el Mundial que excluye
El Ágora
Por Ana Gómez
El fútbol tiene una virtud que los diplomáticos tardan décadas en construir: tender puentes en cuestión de minutos. El Mundial 2026 lo está demostrando desde sus primeras jornadas.
México y Corea del Sur, países separados por doce mil kilómetros y mundos culturales distintos, comparten ahora la misma tribuna de aficionados. Japón y Brasil conviven en las gradas del Azteca. Un japonés con la playera de su selección comparte un taco con un senegalés en el Zócalo, y ninguno necesita pasaporte adicional para ese acto de humanidad y fraternidad. En el lado mexicano de esta Copa del Mundo, el fútbol está funcionando exactamente como debe, como un idioma universal sin aduanas ni fronteras. Lo que ocurre en el lado estadounidense es otra historia.
Goles para empezar
Los resultados inaugurales del torneo más grande de la historia. México arrancó con autoridad al derrotar 2-0 a Sudáfrica en el partido inaugural, desatando una celebración que recorrió el país de norte a sur. Ese mismo día, Corea del Sur venció 2-1 a la República Checa.
Estados Unidos goleó 4-1 a Paraguay en Los Ángeles. Canadá, por su parte, debutó en Toronto con un empate 1-1 ante Bosnia y Herzegovina. Qatar logró sumar su primer punto en la historia de los Mundiales al empatar 1-1 con Suiza. Brasil debutó con un empate ante Marruecos. Escocia consiguió su primera victoria al vencer 1-0 a Haití, y Australia sorprendió al derrotar 2-0 a Turquía.
Alemania goleó 7-1 a Curazao y Suecia aplastó 5-1 a Túnez. Países Bajos y Japón protagonizaron uno de los partidos más disputados de la fase inicial con un empate 2-2. Costa de Marfil venció 1-0 a Ecuador.
Hubo también una nota amarga, la exigencia de destitución de un árbitro captado en televisión realizando un gesto racista, prueba de que los peores virus también viajan al Mundial.
El otro partido
El torneo se juega también fuera de la cancha, y ahí los resultados son más complicados.
En México, la inauguración en el Estadio Azteca estuvo acompañada de manifestantes, entre ellos maestros de la CNTE y colectivos de personas desaparecidas. El gobierno de Claudia Sheinbaum intentó mediar antes del arranque, se abrió mesas de diálogo con el magisterio, desde que inició su gobierno se han anunciado aumentos salariales del 10% en 2025 y otro del 9% en 2026, se entregaron un millón de plazas docentes que la reforma educativa neoliberal se había negado. Los números son contundentes, con Enrique Peña Nieto, el salario promedio de un maestro era de 11,952 pesos al mes; hoy, con Sheinbaum, ronda los 20,000 pesos.
No es un dato menor. Sin embargo, la CNTE exige un incremento salarial del 100% y la abrogación de reformas acumuladas desde 2007, demandas que el gobierno considera inviables presupuestalmente. El diálogo existe, la tensión también. Esa es la diferencia, en México hay una negociación, imperfecta y ruidosa, pero existe el diálogo.
El anfitrión que cierra la puerta
En Estados Unidos, en cambio, el conflicto no es entre el gobierno y sus trabajadores, es entre el gobierno y el mundo.
La administración de Donald Trump impuso restricciones de viaje a ciudadanos de 39 países, afectando directamente a aficionados de Irán, Haití, Costa de Marfil y Senegal, selecciones que sí clasificaron al torneo, pero cuyos aficionados no pueden cruzar la frontera para verlas. Los atletas tienen excepciones, pero sus familias no.
Pero el capítulo más perturbador ocurre dentro de los propios estadios. A pesar de promesas iniciales en sentido contrario, el Departamento de Seguridad Nacional confirmó que agentes del ICE operarán al interior de los recintos mundialistas. El impacto fue inmediato, cerca de 2,000 trabajadores sindicalizados del SoFi Stadium de Los Ángeles, como cocineros, meseros, personal de servicio, en su mayoría migrantes, votaron con el 96% a favor de una huelga, justo antes del debut de la selección estadounidense. Su exigencia no era solo salarial, pedían protección para que sus datos personales no fueran entregados a las autoridades migratorias. El sindicato advirtió que, de estallar el paro, los palcos VIP de 100,000 dólares solo tendrían «agua y Doritos». En Seattle, los hoteleros vivieron una tensión similar.
El fútbol, que en teoría debería ser el pretexto para que el mundo se encuentre, se convierte así en el escenario donde la política migratoria más agresiva de la historia reciente de Estados Unidos se exhibe con toda su crudeza. No es solo una paradoja deportiva. Es una declaración política, porque este Mundial les da la bienvenida a las selecciones, pero no necesariamente a los pueblos que las alientan.
Del otro lado del río, el anfitrión más poderoso del planeta ha convertido el evento de la unidad global en un instrumento de exclusión. El marcador extradeportivo, por ahora, no favorece a Estados Unidos. Por otro lado, México con sus problemas internos, recibe al mundo en la cancha y en la calle.
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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
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