El T-MEC, menos titulares, más contenido

El T-MEC, menos titulares, más contenido

El Ágora

Por Ana Gómez

Hay noticias que suenan peor de lo que son. La del pasado 1 de julio es una de ellas. Ese día, en una reunión virtual de apenas cuarenta minutos, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, comunicó a México y Canadá que su gobierno no aceptaba extender el T-MEC dieciséis años más, hasta 2042.

Los titulares no tardaron en intentar generar crisis diciendo que Trump no renueva el tratado, que se acaba el T-MEC. Y sin embargo, si uno lee el artículo, la conclusión es mucho más serena. El T-MEC sigue vivo, sigue vigente hasta 2036, y México llegó a esta mesa con una posición mucho más sólida de la que se le reconoce.

Lo que realmente pasó

Empecemos por lo básico. El tratado tiene una cláusula, el artículo 34.7, que obliga a los tres países a revisarlo cada seis años. Si los tres confirman su continuidad, se extiende por otros dieciséis. Si no, entra en un régimen de revisiones anuales hasta 2036, año en que, si nadie mueve un dedo, terminaría. Eso es todo lo que ocurrió. Se activó el mecanismo B. 

No hay ruptura, no hay cancelación, no hay fin del tratado. Hay una ruta más larga y más incómoda, sí, pero perfectamente contemplada por el texto que los tres gobiernos, incluido el del propio Donald Trump en su primer mandato, firmaron en 2018. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha repetido con razón. El T-MEC es ley. Y una ley no se deroga por un berrinche en la Casa Blanca.

El comercio que Trump no logra tapar

Mientras Trump amenaza, el comercio bate récords. En 2025, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos alcanzaron los 534 mil 874 millones de dólares, el 15.7% de todo lo que compró ese país, más que Canadá, más que China. La inversión extranjera directa cerró en 40 mil 871 millones de dólares, la cifra más alta en la historia del país. Estados Unidos aportó casi el 39% de esa inversión. Ni el ruido político ni las amenazas arancelarias han conseguido lo que sí lograría un rompimiento real, es decir, alejar a las empresas americanas del piso mexicano. La razón es sencilla y estructural. Sus cadenas productivas, sus autos, su acero, sus verduras dependen de nosotros tanto como nosotros dependemos de ellos.

Los costos

Esto no significa negar los costos. Los aranceles de Sección 232 sobre acero, aluminio y automóviles afecta la inversión. La incertidumbre frenó cerca de 17 mil 400 millones de dólares de inversión el año pasado. La expectativa de crecimiento para 2026 se movió a la baja. Nada de eso es menor. Pero conviene ubicarlo en su justa dimensión. El 85% de las exportaciones mexicanas sigue entrando a Estados Unidos sin pagar un centavo de arancel, gracias precisamente al T-MEC. Ese piso, el acceso preferencial al mercado más grande del mundo, nadie más lo tiene. Ni Alemania, ni Japón, ni Corea, ni Brasil. Y no lo va a tener pronto.

El mundo cambió, no solo México

Aquí está el tercer punto que vale la pena subrayar. Lo que México vive no es un ataque contra México. Es el mundo de 2026. Estados Unidos también castiga a la Unión Europea, presiona a Japón, negocia con dientes apretados con Corea del Sur, y mantiene una guerra comercial abierta con China. La era del libre comercio sin fricción, esa que muchos daban por eterna después del NAFTA, terminó. Estamos en una etapa distinta, más geopolítica y proteccionista, con cadenas de valor que se reordenan por criterios estratégicos y no solo por costos. Fingir que esto es un problema exclusivamente mexicano es tan iluso como pretender que basta con firmar un tratado para blindarse de la política.

Negociar con cabeza fría

La estrategia del gobierno mexicano ha sido, hasta ahora, la correcta. Cabeza fría, negociación técnica, canales abiertos. Marcelo Ebrard ya sostuvo tres rondas bilaterales con el USTR, y la siguiente será el 20 de julio en Ciudad de México. México llegó con trece planteamientos propios, mientras que Estados Unidos redujo los suyos de cincuenta y cuatro a catorce. Eso es negociación, no rendición. Y refleja algo que a veces olvidamos. Nuestro país no es un espectador en esta mesa, es un socio con instrumentos, con datos y con contrapesos.

¿Debemos estar atentos? Por supuesto. ¿Debemos hacer la tarea en casa, con certeza jurídica, energía competitiva y Estado de derecho, para capitalizar la relocalización que sigue tocando la puerta? Sin duda. Pero no debemos confundir el ruido con la realidad. El T-MEC entró en una etapa de revisión permanente, no de agonía. México conserva su acceso al mercado más grande del planeta y una ventaja competitiva que ningún otro país tiene. La política de Trump cambia con la hora del día. Los fundamentos económicos, no.

Lo importante ahora no es reaccionar al titular de los periódicos o columnas de mañana. Es entender que el tablero cambió, que México sabe jugar en él, y que, contra lo que muchos pretenden vender, la mano que tenemos sigue siendo, por mucho, mejor que la de casi cualquiera.

Sigue a Ana Gómez en X: @AnaGomezCalzada

*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.

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