El Mundial se despide de México, perdimos el partido, pero ganamos al mundo

El Mundial se despide de México, perdimos el partido, pero ganamos al mundo

El Ágora

Por Ana Gómez

Con los octavos de final se apagaron las luces mundialistas en suelo mexicano. Fue la última vez que el balón rodó de este lado de la frontera, y México lo despidió como lo recibió, con la casa llena, el corazón abierto y la frente en alto. No pasamos a cuartos, pero pocas veces una eliminación había sabido tan a victoria.

Un adiós de pie frente a Inglaterra

El domingo, en el estadio de la Ciudad de México, la Selección Nacional se midió ante Inglaterra. El Tri cayó 3-2, pero jugó de tú a tú frente a una de las potencias europeas. México llegó a esa cita como el mejor de los tres anfitriones, el único que ganó sus tres partidos de grupos sin recibir un gol, y que rompió una sequía de cuarenta años al vencer 2-0 a Ecuador, su primera victoria en eliminatoria desde 1986.

Contra Inglaterra, aun con el rival golpeando primero y el partido demorado por tormenta eléctrica, el equipo de Javier Aguirre nunca renunció a proponer. Quiñones y Jiménez volvieron a marcar; la remontada no llegó, pero el mensaje sí, esta ya no es la selección que juega es la que compite. Es un equipo que le disputa el balón, el terreno y el orgullo a cualquiera. Perdimos el partido, pero no la dignidad. Y ese es el verdadero saldo tras el mundial, donde México demostró que va en camino a codearse con las selecciones más competitivas del planeta, con una generación encabezada por Gilberto Mora, 17 años, como símbolo que promete llevarnos más lejos rumbo a 2030.

La verdadera Copa

México no levantó el trofeo en la cancha, pero lo levantó en el corazón de todos los que nos visitaron. Nuestras calles fueron el punto de encuentro del planeta, donde aficiones que jamás se habían visto terminaron abrazándose en el Zócalo, en Guadalajara y en Monterrey; mariachis recibieron a las selecciones a las puertas de sus hoteles; ciudades enteras se volcaron a hacer sentir en casa al que venía de lejos. El turismo mundialista dejó derrama económica en hoteles, restaurantes y comercios, pero dejó algo que no cabe en una hoja de cálculo la certeza de que México sabe abrir la puerta como nadie.

La comparación entre los tres organizadores no fue amable con todos por igual. La prensa internacional reconoció en Estados Unidos los estadios imponentes, pero cargó contra los precios desbocados, el transporte insuficiente, una ola de calor que mandó aficionados al hospital y la sombra de una política migratoria que convirtió la bienvenida en un trámite de miedo. Canadá fue elogiado por su seguridad y firmó su mejor Mundial en la cancha, aunque quedó como el primer anfitrión eliminado.

Y en medio, México se llevó los elogios que más valen, como el del ambiente, el de la pasión, el de la gente. Cuando el mundo comparó las tres casas, la balanza de la simpatía se inclinó hacia la nuestra. No porque tuviéramos los estadios más nuevos ni los presupuestos más altos, sino porque ofrecimos lo que ningún dinero compra, una fiesta de verdad, abierta a todos, sin importar religión, o ideología política.

T-MEC

Fuera del césped, el Mundial recordó que estos tres países comparten algo más que la organización de un torneo. El T-MEC no se renovó formalmente en medio de la retórica arancelaria y las tensiones de estos meses, pero sigue vigente y sigue siendo motor de nuestra economía. Como el propio torneo, es un recordatorio de que Norteamérica está condenada a entenderse, tanto en el comercio, como el fútbol, funciona mejor en equipo que en lo individual. 

Con los octavos, el Mundial cierra su capítulo mexicano. A partir de los cuartos de final, la pelota rueda solo en Estados Unidos, y desde acá seguiremos de cerca las últimas fases que definirán al campeón del mundo. Pero lo nuestro, lo que pasó en nuestras calles y estadios, ya quedó escrito. Gracias por cada abrazo entre desconocidos, por cada afición que se sintió en casa, por cada jornada que nos recordó por qué este deporte junta lo que la política separa. Y gracias, sobre todo, a la Selección Nacional y a su cuerpo técnico, nos vamos con la frente en alto por una actuación que enorgullece. El torneo se nos fue de casa, pero no se nos fue del corazón.

Sigue a Ana Gómez en X: @AnaGomezCalzada

*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.

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