El último mohicano… Aaron Rodgers

El último mohicano… Aaron Rodgers

Desde la Tribuna 

Por Laura Sandoval

Aaron Rodgers confirmó que la temporada 2026 será la última de su carrera con los Pittsburgh Steelers, y con ello no sólo anunció el retiro de un quarterback. También abrió la puerta de salida para una generación que convirtió a la NFL en algo más que un deporte: una época que hizo de los domingos una tradición emocional para millones de personas.

Porque Rodgers pertenece a la última camada de mariscales de campo que todavía parecían gigantes inevitables. La generación de Tom Brady, Peyton Manning, Drew Brees y Ben Roethlisberger. Hombres que no solo ganaban campeonatos, sino que construían identidades completas alrededor de una franquicia. Quarterbacks que podían definir el estado de ánimo de una ciudad entera.

Ellos fueron el soundtrack de una época.
La voz de los narradores los acompañó durante más de veinte años. Crecimos viendo sus remontadas, sus derrotas, sus gestos de frustración en la banca y sus brazos levantando trofeos bajo la nieve o los reflectores de febrero. Mientras el mundo cambiaba, ellos seguían ahí cada otoño, recordándonos que algunas cosas todavía podían sentirse eternas.

Y dentro de esa generación, Rodgers siempre fue distinto.

Mientras Brady era la obsesión por la perfección y Manning parecía un coordinador ofensivo atrapado dentro de un uniforme, Rodgers era poesía improvisada. Talento puro. Instinto. El quarterback capaz de lanzar un pase imposible mientras escapaba del colapso, como si el caos fuera el lugar donde mejor respiraba.

Había algo casi mágico en verlo jugar.
No parecía ejecutar el fútbol americano; parecía reinterpretarlo.

Su historia también tuvo el peso de las grandes películas deportivas.
El joven ignorado en el Draft. El heredero incómodo sentado durante años detrás de Brett Favre en Green Bay. La paciencia silenciosa. Después, la explosión. El Super Bowl. Los cuatro MVP. Las temporadas donde parecía tan adelantado a su tiempo que el resto de la liga simplemente intentaba alcanzarlo.

Pero Rodgers nunca fue un héroe sencillo de entender.

Fue brillante y complejo. Admirado y discutido. Un líder que muchas veces parecía vivir en conflicto con el mismo espectáculo que ayudó a engrandecer. Tal vez por eso conectó tanto con la gente: porque detrás del talento sobrenatural siempre se alcanzaba a ver al ser humano. El cansancio. La rebeldía. La necesidad constante de desafiarlo todo, incluso a sí mismo.

Por eso su último capítulo con los Steelers se siente tan simbólico.

Pittsburgh representa la memoria viva de la vieja NFL: acero, frío, defensas legendarias y tradición. Rodgers representa al último gran artista de aquella generación dorada de quarterbacks. Verlo vestir esos colores no se siente como un movimiento deportivo; se siente como el último acto de una obra que está por bajar el telón.

Y sí, probablemente este ya no sea el Rodgers devastador que dominaba la liga hace una década. El tiempo nunca pierde. Las piernas pesan más, los golpes duran más y el reloj empieza a notarse incluso en los inmortales.

Pero quizá ahí está la belleza de esta despedida.

Porque esta temporada no veremos al superhéroe invencible. Veremos al hombre enfrentando el final de aquello que le dio sentido a toda su vida. Y hay algo profundamente humano en eso. Algo que inevitablemente nos obliga a mirar nuestra propia nostalgia.

La NFL seguirá adelante. Siempre lo hace.

Vendrán nuevas estrellas, nuevas ofensivas, nuevos fenómenos diseñados para la velocidad de las redes sociales. Patrick Mahomes, Josh Allen y Lamar Jackson ya lideran la nueva era. Pasando por encima de nombres como el de Dak Prescott, Russell Willson entre otros. Sin duda estamos frente a una era más atlética, más rápida y más inmediata.

Pero cuando Rodgers se retire, desaparecerá algo más profundo que un nombre en un roster.

Desaparecerá la sensación de haber vivido durante dos décadas viendo construirse leyendas en tiempo real.

Porque cuando Brady se fue, parecía el final de un imperio.
Cuando Manning dijo adiós, sentimos que el juego perdía a su gran ajedrecista.
Pero cuando Rodgers salga por última vez del campo, probablemente estaremos viendo desaparecer el último reflejo de aquella generación que hizo de los quarterbacks figuras mitológicas.

La generación que convirtió cada domingo en un recuerdo que hoy, inevitablemente, ya comienza a sentirse lejano.

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