El precio de los sueños: cuando el football deja de ser un juego

El precio de los sueños: cuando el football deja de ser un juego

Desde la Tribuna 

Por Laura Sandoval

Hay algo profundamente nostálgico en el football americano.

Tal vez porque quienes crecimos amándolo no solamente recordamos partidos. Recordamos domingos. Recordamos jerseys. Recordamos voces en la televisión, estadios llenos, jugadores que parecían inmortales y aquellas jugadas que se quedaron para siempre en nuestra memoria.

Recordamos al niño que alguna vez vio un partido y pensó: “Yo quiero ser como él.”

Porque el football también es eso.

Es una fábrica de sueños.

Para miles de niños, especialmente aquellos que nacen en circunstancias difíciles, el football puede representar una salida. Una beca universitaria. Una oportunidad. Un boleto que los lleva de un barrio donde quizá no había demasiado, hasta una universidad, un estadio, una carrera profesional y, en algunos casos, una vida completamente distinta.

El football cambia vidas.

Y precisamente por eso resulta tan difícil hablar de su lado más oscuro.

Esta semana, un nuevo estudio publicado en The BMJvolvió a abrir una herida que el football lleva años intentando entender. Los investigadores analizaron a exjugadores de la NFL fallecidos entre 2016 y 2021. De 878 jugadores que murieron durante ese periodo, 235 donaron sus cerebros para investigación y 215 presentaron evidencia de encefalopatía traumática crónica, conocida como CTE.

Eso significa que la estimación mínima de prevalencia fue de 24.5%.

Al menos uno de cada cuatro.

Y esa frase debería obligarnos a detenernos.

Porque detrás del número no hay estadísticas.

Hay nombres.

Hay familias.

Hay hijos.

Hay esposas.

Hay padres.

Hay compañeros de equipo.

Hay hombres que alguna vez entraron a un estadio frente a decenas de miles de personas y escucharon una ovación que parecía capaz de detener el tiempo.

Y que años después pudieron terminar luchando contra una enfermedad que no aparece en una fotografía, que no siempre puede verse en una resonancia y que, hasta hoy, solamente puede diagnosticarse definitivamente después de la muerte.

El CTE es uno de los grandes claroscuros del football.

Por un lado está la espectacularidad.

El golpe.

La velocidad.

La estrategia.

El touchdown.

El quarterback lanzando en el último segundo.

El linebacker destruyendo una jugada.

El estadio rugiendo.

La televisión convirtiendo cada domingo en un espectáculo global.

Y detrás de todo eso existe una industria multimillonaria.

La NFL es uno de los negocios deportivos más poderosos del planeta.

Pero el negocio no comienza en la NFL.

Comienza mucho antes.

En las universidades.

En las preparatorias.

En los programas juveniles.

En los niños que comienzan a jugar soñando con una beca.

El football universitario mueve dinero, audiencias, patrocinios, derechos de televisión y construye marcas que representan millones de dólares.

Y la NFL recibe a muchos de esos jóvenes convertidos en atletas extraordinarios.

El sistema funciona.

El sueño funciona.

La maquinaria funciona.

Y funciona extraordinariamente bien.

El problema aparece cuando nos preguntamos cuánto cuesta realmente ese sueño.

Porque durante décadas celebramos la capacidad del jugador para levantarse después de un golpe.

“Es parte del juego.”

“Así es el football.”

“Los hombres de verdad juegan con dolor.”

Frases que alguna vez fueron símbolos de fortaleza y que hoy debemos mirar con otros ojos.

Porque quizá uno de los mayores errores del football fue confundir resistencia con invulnerabilidad.

Un jugador puede ser físicamente indestructible durante tres horas un domingo y, al mismo tiempo, estar acumulando silenciosamente las consecuencias de cientos o miles de impactos a lo largo de su vida.

Y aquí aparece una de las revelaciones más importantes de este estudio: buena parte de los impactos que estos jugadores recibieron no necesariamente ocurrió en la NFL.

También ocurrieron en la universidad.

En la preparatoria.

Incluso en etapas juveniles.

Es decir, el problema no pertenece exclusivamente a la liga profesional.

Pertenece a todo el ecosistema del football.

Y eso cambia la conversación.

Porque no se trata de dejar de amar el football.

Se trata de dejar de romantizar aquello que puede destruir a quienes lo practican.

El football puede ser una extraordinaria herramienta de movilidad social.

Puede enseñar disciplina, trabajo en equipo, responsabilidad, liderazgo y resiliencia.

Puede darle una beca a un joven que jamás imaginó entrar a una universidad.

Puede convertir a un muchacho desconocido en un héroe.

Puede transformar una familia.

Pero también puede dejar heridas que aparecen cuando los reflectores ya se apagaron.

Y quizá esa sea la parte más dolorosa.

Nosotros recordamos al jugador en su mejor momento.

Recordamos el jersey.

La fotografía.

El touchdown.

El campeonato.

El número retirado.

La entrada al Salón de la Fama.

Pero la familia conoce otra historia.

Conoce al hombre después del estadio.

Al padre que empieza a olvidar.

Al esposo que cambia de personalidad.

Al exjugador que ya no reconoce a quienes estuvieron a su lado.

Al hombre que alguna vez fue celebrado por miles y que, en el ocaso de su vida, puede terminar enfrentando en silencio las consecuencias de aquello que alguna vez lo convirtió en héroe.

Ahí está el verdadero horror.

No en el golpe.

Sino en lo que puede venir después.

El football nos ha regalado personajes inolvidables.

Hombres que llegaron de lugares donde parecía imposible llegar y terminaron convertidos en leyendas.

Historias de superación que justifican por qué millones de personas seguimos enamoradas de este deporte.

Pero una historia de amor también debe ser capaz de reconocer aquello que duele.

Y quizá hoy el football tenga que preguntarse algo incómodo:

¿Podemos seguir haciendo crecer el negocio sin seguir heredando el costo a las generaciones que vienen?

La respuesta no debería ser abandonar el deporte.

Debería ser hacerlo mejor.

Reducir los impactos innecesarios.

Cambiar prácticas.

Proteger a los jóvenes.

Investigar más.

Escuchar a los exjugadores.

Acompañar a sus familias.

Y entender que un jugador no deja de ser responsabilidad del football cuando abandona el estadio.

Porque un contrato termina.

Una carrera termina.

Un uniforme se guarda.

Pero las consecuencias pueden durar toda una vida.

Quizá algún día, cuando volvamos a mirar aquellas viejas fotografías en blanco y negro, cuando escuchemos una narración que nos devuelva a un domingo de nuestra infancia y cuando veamos a aquel jugador correr hacia la zona de anotación, podamos sentir la misma emoción de siempre.

Pero también una nueva conciencia.

Porque detrás de cada casco hay una persona.

Detrás de cada golpe hay un riesgo.

Y detrás de cada leyenda hay una vida.

El football nos enseñó a admirar a los hombres que podían levantarse después de caer.

Ahora le toca al football aprender algo mucho más difícil:

protegerlos antes de que sea demasiado tarde.

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