El fin del Mundial, pero no de la guerra
El Ágora
Por Ana Gómez
España se coronó campeona del mundo. Al minuto 106, Ferran Torres anotó el único gol de la final, donde Argentina jugó casi toda la prórroga con un hombre de menos, por una expulsión.
Segundo título mundial para España, pero mientras el trofeo pasaba de mano en mano en el MetLife de Nueva Jersey, Donald Trump bajó al campo a entregar la Copa y lo recibieron con abucheos.
El estadio como tablero
Ningún Mundial es puro futbol, y este menos que ninguno. A la final asistieron Trump, su esposa Melania, nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum y el canadiense Mark Carney. Esa foto de los mandatarios juntos ya es, de por sí, un mensaje. Y este domingo el público se rebeló con ganas. Cada que las pantallas enfocaban a Trump, media tribuna se le echaba encima a punta de chiflidos y gritos, que hasta se colaron en la transmisión oficial.
Y no se quedó ahí. Días antes, Trump presumió que le marcó a su amigo íntimo Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, para que le borraran la roja al delantero gringo Folarin Balogun, y lo consiguió, lo dejaron jugar unos octavos que, de todos modos, Estados Unidos perdió 4-1 con Bélgica. En lo deportivo, una anécdota; en lo simbólico, un monumento al hombre más poderoso del planeta agarrando el teléfono para torcerle una regla al juego.
Del otro lado estuvo el silencio. El español Borja Iglesias, que no se ha mordido la lengua contra la guerra en Gaza, le dio la mano a Trump sin voltearlo a ver. No hizo falta pancarta, en un escenario armado para la sonrisa de compromiso, mirar al piso también grita. Trump, mientras tanto, bautizó al torneo como “quizá el evento deportivo más exitoso de la historia”.
Y mientras la pelota rodaba en Nueva Jersey, a miles de kilómetros pasaba lo que ningún reflector quiso alumbrar, esa misma madrugada, Estados Unidos bombardeó Irán por novena noche seguida.
La guerra que arrancó el 28 de febrero, en plena mesa de negociación, dejó atrás los golpes medidos para volverse carnicería abierta, el viernes murieron dos militares estadounidenses en Jordania, el estrecho de Ormuz volvió a tensarse y el petróleo se disparó. Y en el colmo del cinismo, el secretario de Estado Marco Rubio juró el domingo que Washington “siempre permanece abierto” a la diplomacia, mientras los aviones volvían a despegar con dirección a Medio Oriente.
Los mexicanos respaldamos a nuestra Presidenta
Mientras adentro del estadio a Trump lo recibían con silbidos, a nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum la recibió otra cosa muy distinta, decenas de paisanos le armaron una bienvenida con mariachi, banderas tricolores y gritos de “no estás sola” y “es un honor estar con Claudia hoy”. La presidenta, que aterrizó en un avión de la Sedena luego de que el mal clima le tumbara el vuelo comercial, lo agradeció desde sus redes: “Son más que correspondidos. Mexicanas y mexicanos trabajadores, los quiere y admira todo México”.
Y no es dato menor, los migrantes mexicanos, nuestros paisanos, esa comunidad que carga sobre los hombros las redadas y las amenazas del mismo gobierno que sentó a la presidenta en el palco. Ahí está lo importante, Sheinbaum sonreía junto a un presidente que nos aprieta con aranceles, que nos amaga con lo de la migración y que decide guerras sin pedirle permiso a nadie, mientras los mexicanos de a pie, los que sí resienten esa política en carne propia, salían a respaldarla en plena Nueva York. La diplomacia de cancha obliga a esas fotos; la política material obliga a no confundirlas con amistad.
La lección
El estadio es donde el pleito humano se vuelve ritual, hay reglas, hay árbitros y hay VAR. La guerra no tiene repetición ni tiempo extra; sus goles se cuentan en muertos y sus prórrogas duran años. Que la misma potencia que montó la fiesta más vista del planeta esté bombardeando otro país cada noche no es una coincidencia incómoda, es la foto exacta de cómo se manda hoy, con una mano repartiendo medallas y con la otra apretando el gatillo.
El torneo se va a apagar pronto. Nos quedarán el gol de Torres, las playeras y el sabor de una final peleada a codazos. Pero el ruido de fondo, son los abucheos a Trump que no cesaron, la roja que se borró por teléfono, las bombas que caían mientras cantábamos, nos deja una certeza más incómoda que cualquier marcador, la fiesta se acabó, la guerra no.
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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
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