El T-MEC, menos titulares, más contenido

El T-MEC, menos titulares, más contenido

El Ágora

Por Ana Gómez

Hay noticias que suenan peor de lo que son. La del pasado 1 de julio es una de ellas. Ese día, en una reunión virtual de apenas cuarenta minutos, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, comunicó a México y Canadá que su gobierno no aceptaba extender el T-MEC dieciséis años más, hasta 2042.

Los titulares no tardaron en intentar generar crisis diciendo que Trump no renueva el tratado, que se acaba el T-MEC. Y sin embargo, si uno lee el artículo, la conclusión es mucho más serena. El T-MEC sigue vivo, sigue vigente hasta 2036, y México llegó a esta mesa con una posición mucho más sólida de la que se le reconoce.

Lo que realmente pasó

Empecemos por lo básico. El tratado tiene una cláusula, el artículo 34.7, que obliga a los tres países a revisarlo cada seis años. Si los tres confirman su continuidad, se extiende por otros dieciséis. Si no, entra en un régimen de revisiones anuales hasta 2036, año en que, si nadie mueve un dedo, terminaría. Eso es todo lo que ocurrió. Se activó el mecanismo B. 

No hay ruptura, no hay cancelación, no hay fin del tratado. Hay una ruta más larga y más incómoda, sí, pero perfectamente contemplada por el texto que los tres gobiernos, incluido el del propio Donald Trump en su primer mandato, firmaron en 2018. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha repetido con razón. El T-MEC es ley. Y una ley no se deroga por un berrinche en la Casa Blanca.

El comercio que Trump no logra tapar

Mientras Trump amenaza, el comercio bate récords. En 2025, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos alcanzaron los 534 mil 874 millones de dólares, el 15.7% de todo lo que compró ese país, más que Canadá, más que China. La inversión extranjera directa cerró en 40 mil 871 millones de dólares, la cifra más alta en la historia del país. Estados Unidos aportó casi el 39% de esa inversión. Ni el ruido político ni las amenazas arancelarias han conseguido lo que sí lograría un rompimiento real, es decir, alejar a las empresas americanas del piso mexicano. La razón es sencilla y estructural. Sus cadenas productivas, sus autos, su acero, sus verduras dependen de nosotros tanto como nosotros dependemos de ellos.

Los costos

Esto no significa negar los costos. Los aranceles de Sección 232 sobre acero, aluminio y automóviles afecta la inversión. La incertidumbre frenó cerca de 17 mil 400 millones de dólares de inversión el año pasado. La expectativa de crecimiento para 2026 se movió a la baja. Nada de eso es menor. Pero conviene ubicarlo en su justa dimensión. El 85% de las exportaciones mexicanas sigue entrando a Estados Unidos sin pagar un centavo de arancel, gracias precisamente al T-MEC. Ese piso, el acceso preferencial al mercado más grande del mundo, nadie más lo tiene. Ni Alemania, ni Japón, ni Corea, ni Brasil. Y no lo va a tener pronto.

El mundo cambió, no solo México

Aquí está el tercer punto que vale la pena subrayar. Lo que México vive no es un ataque contra México. Es el mundo de 2026. Estados Unidos también castiga a la Unión Europea, presiona a Japón, negocia con dientes apretados con Corea del Sur, y mantiene una guerra comercial abierta con China. La era del libre comercio sin fricción, esa que muchos daban por eterna después del NAFTA, terminó. Estamos en una etapa distinta, más geopolítica y proteccionista, con cadenas de valor que se reordenan por criterios estratégicos y no solo por costos. Fingir que esto es un problema exclusivamente mexicano es tan iluso como pretender que basta con firmar un tratado para blindarse de la política.

Negociar con cabeza fría

La estrategia del gobierno mexicano ha sido, hasta ahora, la correcta. Cabeza fría, negociación técnica, canales abiertos. Marcelo Ebrard ya sostuvo tres rondas bilaterales con el USTR, y la siguiente será el 20 de julio en Ciudad de México. México llegó con trece planteamientos propios, mientras que Estados Unidos redujo los suyos de cincuenta y cuatro a catorce. Eso es negociación, no rendición. Y refleja algo que a veces olvidamos. Nuestro país no es un espectador en esta mesa, es un socio con instrumentos, con datos y con contrapesos.

¿Debemos estar atentos? Por supuesto. ¿Debemos hacer la tarea en casa, con certeza jurídica, energía competitiva y Estado de derecho, para capitalizar la relocalización que sigue tocando la puerta? Sin duda. Pero no debemos confundir el ruido con la realidad. El T-MEC entró en una etapa de revisión permanente, no de agonía. México conserva su acceso al mercado más grande del planeta y una ventaja competitiva que ningún otro país tiene. La política de Trump cambia con la hora del día. Los fundamentos económicos, no.

Lo importante ahora no es reaccionar al titular de los periódicos o columnas de mañana. Es entender que el tablero cambió, que México sabe jugar en él, y que, contra lo que muchos pretenden vender, la mano que tenemos sigue siendo, por mucho, mejor que la de casi cualquiera.

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Paranoia por El Mayo

Paranoia por El Mayo

Solitos se enredan.
Unas memorias y un reportaje sacaron de balance al obradorato. En un libro que está por publicarse, el ex embajador Ken Salazar escribió que López Obrador tiene miedo de lo que El Mayo Zambada pueda decir en Estados Unidos, según le comentó un confidente del ex presidente.

Por su parte, el periodista Luis Chaparro reveló que el FBI se adjudica la captura y traslado a Estados Unidos del emblemático líder del Cártel de Sinaloa. Llamaron a la operación Reyes del Aire y presentaron la aeronave que utilizaron como trofeo en un museo de Nuevo México.  

Sheinbaum utilizó dicha nota para acusar a Ken Salazar de mentir porque, ante los reclamos de López Obrador, negó la participación de agencias norteamericanas. Pero es pueril esperar que el diplomático reconociera que su país violó el derecho internacional y las leyes mexicanas para detener al capo.

Además, es muy probable que él no estuviera enterado, pues es conocida la desconfianza que le tenían en Washington, debido a su notoria cercanía con el ex presidente.

Lo cómico es que después de llamarlo mentiroso, Sheinbaum da veracidad a los dichos de Salazar con el periodista Jorge Ramos, en los que afirma que no tiene evidencia de los vínculos de López Obrador con los cárteles.

Es tal la obsesión por defender a su antecesor, que la presidenta argumenta que éste detuvo y extraditó a Ovidio, omitiendo que antes lo soltó. Y para contraatacar menciona a García Luna, pero éste detuvo y extraditó a no pocos criminales.

Asegura que el ex secretario de seguridad es culpable porque así lo determinó un jurado en Nueva York; sin embargo, se niega a entregar a Rocha Moya para que sea juzgado por esa misma Corte.

Mientras exige explicaciones a Estados Unidos se las niega a los mexicanos. Relaciones Exteriores reservó por cinco años las comunicaciones con ese país sobre los políticos sinaloenses de Morena que son requeridos por la justicia norteamericana. Piden pruebas y, cuando se las dan, las ocultan.

Fernando Belaunzarán en Instagram: @fer_belaunzaran, en X: @ferbelaunzaran

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El Mundial se despide de México, perdimos el partido, pero ganamos al mundo

El Mundial se despide de México, perdimos el partido, pero ganamos al mundo

El Ágora

Por Ana Gómez

Con los octavos de final se apagaron las luces mundialistas en suelo mexicano. Fue la última vez que el balón rodó de este lado de la frontera, y México lo despidió como lo recibió, con la casa llena, el corazón abierto y la frente en alto. No pasamos a cuartos, pero pocas veces una eliminación había sabido tan a victoria.

Un adiós de pie frente a Inglaterra

El domingo, en el estadio de la Ciudad de México, la Selección Nacional se midió ante Inglaterra. El Tri cayó 3-2, pero jugó de tú a tú frente a una de las potencias europeas. México llegó a esa cita como el mejor de los tres anfitriones, el único que ganó sus tres partidos de grupos sin recibir un gol, y que rompió una sequía de cuarenta años al vencer 2-0 a Ecuador, su primera victoria en eliminatoria desde 1986.

Contra Inglaterra, aun con el rival golpeando primero y el partido demorado por tormenta eléctrica, el equipo de Javier Aguirre nunca renunció a proponer. Quiñones y Jiménez volvieron a marcar; la remontada no llegó, pero el mensaje sí, esta ya no es la selección que juega es la que compite. Es un equipo que le disputa el balón, el terreno y el orgullo a cualquiera. Perdimos el partido, pero no la dignidad. Y ese es el verdadero saldo tras el mundial, donde México demostró que va en camino a codearse con las selecciones más competitivas del planeta, con una generación encabezada por Gilberto Mora, 17 años, como símbolo que promete llevarnos más lejos rumbo a 2030.

La verdadera Copa

México no levantó el trofeo en la cancha, pero lo levantó en el corazón de todos los que nos visitaron. Nuestras calles fueron el punto de encuentro del planeta, donde aficiones que jamás se habían visto terminaron abrazándose en el Zócalo, en Guadalajara y en Monterrey; mariachis recibieron a las selecciones a las puertas de sus hoteles; ciudades enteras se volcaron a hacer sentir en casa al que venía de lejos. El turismo mundialista dejó derrama económica en hoteles, restaurantes y comercios, pero dejó algo que no cabe en una hoja de cálculo la certeza de que México sabe abrir la puerta como nadie.

La comparación entre los tres organizadores no fue amable con todos por igual. La prensa internacional reconoció en Estados Unidos los estadios imponentes, pero cargó contra los precios desbocados, el transporte insuficiente, una ola de calor que mandó aficionados al hospital y la sombra de una política migratoria que convirtió la bienvenida en un trámite de miedo. Canadá fue elogiado por su seguridad y firmó su mejor Mundial en la cancha, aunque quedó como el primer anfitrión eliminado.

Y en medio, México se llevó los elogios que más valen, como el del ambiente, el de la pasión, el de la gente. Cuando el mundo comparó las tres casas, la balanza de la simpatía se inclinó hacia la nuestra. No porque tuviéramos los estadios más nuevos ni los presupuestos más altos, sino porque ofrecimos lo que ningún dinero compra, una fiesta de verdad, abierta a todos, sin importar religión, o ideología política.

T-MEC

Fuera del césped, el Mundial recordó que estos tres países comparten algo más que la organización de un torneo. El T-MEC no se renovó formalmente en medio de la retórica arancelaria y las tensiones de estos meses, pero sigue vigente y sigue siendo motor de nuestra economía. Como el propio torneo, es un recordatorio de que Norteamérica está condenada a entenderse, tanto en el comercio, como el fútbol, funciona mejor en equipo que en lo individual. 

Con los octavos, el Mundial cierra su capítulo mexicano. A partir de los cuartos de final, la pelota rueda solo en Estados Unidos, y desde acá seguiremos de cerca las últimas fases que definirán al campeón del mundo. Pero lo nuestro, lo que pasó en nuestras calles y estadios, ya quedó escrito. Gracias por cada abrazo entre desconocidos, por cada afición que se sintió en casa, por cada jornada que nos recordó por qué este deporte junta lo que la política separa. Y gracias, sobre todo, a la Selección Nacional y a su cuerpo técnico, nos vamos con la frente en alto por una actuación que enorgullece. El torneo se nos fue de casa, pero no se nos fue del corazón.

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Mrs. & Mr. Kelce

Mrs. & Mr. Kelce

Desde la Tribuna

Por Laura Sandoval

Hubo un tiempo en que las historias de amor pertenecían a los poetas.

Hoy también pertenecen a los departamentos de marketing.

La boda de Taylor Swift y Travis Kelce no fue únicamente la unión entre la artista más influyente de su generación y uno de los jugadores más carismáticos de la NFL. Fue la culminación de un fenómeno cultural que borró las fronteras entre el deporte, la música, el entretenimiento y los negocios. Durante unas horas, Nueva York dejó de ser solamente la capital financiera del mundo para convertirse en el escenario del acontecimiento que monopolizó conversaciones, titulares y pantallas alrededor del planeta.

Vivimos en una época en la que las celebridades ya no solo protagonizan historias: construyen ecosistemas económicos.

Taylor Swift no llegó al fútbol americano para convertirse en una aficionada más. Llegó —quizá sin proponérselo— para demostrar que una sola persona puede alterar la conversación de la liga deportiva más poderosa del planeta.

Cuando apareció por primera vez en un palco del Arrowhead Stadium en 2023, millones de personas que jamás habían visto un partido comenzaron a preguntarse qué era una ofensiva, quién era Travis Kelce y por qué todos hablaban de los Chiefs. La NFL ganó nuevos públicos, las transmisiones crecieron, las redes sociales explotaron y las ventas del jersey número 87 se dispararon en cuestión de horas. Kelce dejó de ser únicamente un futuro miembro del Salón de la Fama para convertirse en una figura global de la cultura pop.

Eso es mucho más que una historia romántica.

Es una lección de negocios.

Porque Taylor Swift nunca ha sido solamente una cantante. Es una empresa, una industria y una marca capaz de mover ciudades enteras con un concierto y de transformar cualquier producto que toca en un fenómeno de consumo. Los economistas bautizaron ese impacto como Swiftonomics: la extraordinaria capacidad de generar miles de millones de dólares en actividad económica simplemente por existir en la conversación pública.

Travis Kelce tampoco es únicamente un ala cerrada. Su podcast, sus campañas publicitarias, sus contratos de patrocinio y su imagen crecieron exponencialmente gracias al puente que se creó entre dos audiencias que rara vez convivían: los aficionados al fútbol americano y los millones de seguidores de Taylor alrededor del mundo.

Juntos no representan solamente una pareja.

Representan la fusión de dos imperios.

Y quizá por eso la boda celebrada en el Madison Square Garden fue tratada como una auténtica coronación contemporánea. Cerca de mil invitados asistieron bajo un estricto protocolo de privacidad: teléfonos prohibidos, acuerdos de confidencialidad y un impresionante operativo de seguridad que cerró varias calles de Manhattan. El actor Adam Sandler, amigo cercano de ambos, ofició la ceremonia, mientras Austin Swift acompañó a su hermana como Man of Honor y Jason Kelce hizo lo propio como padrino de su hermano. Taylor y Travis vistieron diseños exclusivos de Dior creados por Jonathan Anderson, y la cantante complementó su atuendo con joyas de Cartier. 

La lista de invitados parecía una mezcla entre los premios Grammy, los Óscar y el Super Bowl: Ed Sheeran, Gigi Hadid, Bradley Cooper, Hugh Grant, Jason Sudeikis y decenas de figuras del entretenimiento compartieron espacio con Patrick Mahomes, George Kittle, Cooper Kupp, Chris Jones y el legendario Andy Reid. Afuera del recinto, miles de personas permanecieron durante horas bajo el calor del verano neoyorquino con la esperanza de presenciar, aunque fuera a la distancia, un momento histórico. Las pantallas del Madison Square Garden proyectaron el mensaje “JusT&T Married”, mientras el Empire State Building se iluminó de azul en honor a los recién casados. La prensa estadounidense no tardó en bautizar el acontecimiento como “la boda real de Estados Unidos”.

Pero esta historia también tiene antecedentes.

La NFL siempre ha estado ligada al glamour. Tom Brady y Gisele Bündchen construyeron durante más de una década la imagen de la pareja perfecta: belleza, éxito, campeonatos y una influencia global que trascendía cualquier estadio. Russell Wilson y Ciara demostraron que la música y el fútbol podían convivir como una poderosa plataforma de inspiración y filantropía. Christian McCaffrey y Olivia Culpo llevaron la moda y las redes sociales al centro de la conversación deportiva. Y mucho antes de la era digital, Joe Namath ya entendía que una estrella de la NFL podía convertirse en un ícono cultural.

Sin embargo, ninguna de esas historias consiguió algo que sí lograron Taylor y Travis.

Transformar cada aparición pública en un acontecimiento financiero.

Cada fotografía en una campaña publicitaria.

Cada concierto en una promoción indirecta para la NFL.

Cada partido en una oportunidad para atraer nuevos públicos.

Nunca antes una relación sentimental había conectado con tanta naturalidad dos de las industrias de entretenimiento más rentables del planeta. Su romance demostró que el deporte puede convertirse en espectáculo global y que la música puede irrumpir en el corazón mismo de la conversación deportiva.

Quizá ese sea el verdadero legado de esta historia.

No será el vestido.

No será el estadio.

Ni siquiera las fotografías.

Será haber demostrado que, en el siglo XXI, el amor también puede convertirse en una de las estrategias de marca más poderosas jamás construidas. Un vínculo capaz de generar audiencias, activar mercados, mover patrocinios y redefinir la cultura popular.

Porque algunas parejas hacen historia.

Otras cambian industrias.

Taylor Swift y Travis Kelce hicieron ambas cosas.

Y si su romance ya era extraordinario, la noche en que Nueva York los vio darse el “sí” terminó por convertirlo en leyenda. No fue únicamente una boda. Fue la demostración de que, cuando convergen la mayor estrella del pop y uno de los rostros más importantes de la NFL, el amor deja de ser un asunto privado para transformarse en un fenómeno económico, mediático y cultural.

Eso no lo consigue una pareja.

Lo consigue un fenómeno de época.

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¿Y si sí?

¿Y si sí?

Se vale soñar.
Para que las cosas valiosas sucedan hay que desearlas, creer que se pueden lograr y poner manos a la obra. No caen del cielo, ni son producto de la suerte, requieren preparación, inteligencia y esfuerzo. Cuando se tratan de logros colectivos, además se requiere de apertura, generosidad, reconocimiento mutuo, inclusión y trabajo en equipo.

Lo vemos con la Selección y su ascendente paso en el Mundial, lo que ha hecho una electrizante conexión con la afición… ¡y vaya que pesa el jugador número 12!. En ese contexto se abrió paso la pregunta de la esperanza.

“¿Y si sí?”, se oye en todo México y resonó con fuerza en El Azteca. Hacer el sueño realidad, sobrepasando obstáculos y dificultades, rompiendo jetaturas y quinielas, para lograr lo que parece imposible y nunca, hasta ahora, se ha logrado. Con esa ilusión se desborda el Ángel, la Minerva, la Macroplaza e infinidad de otras plazas y avenidas a lo largo y ancho del país.

Ese ímpetu esperanzador trasciende el futbol, pues tenemos muchos retos como nación. Por ejemplo, lograr un sistema de salud eficiente y acabar con el desabasto de medicinas. Superar el rezago y que la educación básica sea de calidad. Que haya crecimiento económico, empleo y oportunidades para los jóvenes. Depurar y separar al Estado del crimen organizado para tener seguridad y recuperar la soberanía donde hoy mandan los delincuentes. Que las madres no tengan que remover la tierra para buscar a sus hijos. Ponerle límites al poder en un sistema de equilibrios, contrapesos y certeza jurídica. Volver a la senda la democracia y darle vigencia y plenitud a nuestras libertades hoy escamoteadas.

En síntesis, sacar a Morena de Palacio Nacional y construir pluralmente al México que nos enorgullezca a todos. Es verdad que tienen todo el poder y lo usan de manera facciosa para no soltarlo nunca. Que son dueños de la cancha desnivelada y del árbitro, pero no les será suficiente si despiertan los mexicanos. Preguntémonos de nuevo: ¿Y si sí?

Fernando Belaunzarán en Instagram: @fer_belaunzaran, en X: @ferbelaunzaran

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Morena, así se elige a quien gobierna

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El Ágora

Por Ana Gómez

Hay una narrativa cómoda, muy repetida en los espacios de la oposición, que describe a Morena como un partido de dedazos disfrazados de consultas. La evidencia, sin embargo, apunta en otra dirección.

Para las elecciones de 2027, donde están en juego 17 gubernaturas, el movimiento fundado por el Presidente Andrés Manuel López Obrador ha diseñado un sistema de filtros que ningún partido del viejo régimen se atrevería a aplicar a sus propias filas, sencillamente porque sus cúpulas no sobrevivirían al escrutinio.

El método

Los 277 aspirantes registrados deben someterse al escrutinio cruzado de la Fiscalía General de la República, la Unidad de Inteligencia Financiera, la Comisión Nacional Bancaria y de Valores y el Centro Nacional de Inteligencia. No se trata de un trámite burocrático, es la admisión explícita de que el crimen organizado ha intentado infiltrar las estructuras políticas del país, y de que Morena no está dispuesta a cerrar los ojos ante eso.

La llamada Ley “3 de 3” añade otro candado, donde queda vetado el registro a quienes tengan sentencias por violencia política de género, violencia familiar o que sean deudores alimentarios. Los aspirantes, además, firman cuatro cartas compromiso, incluyendo una que los obliga a respetar los resultados para preservar la unidad del movimiento. El viejo PRI y el “nuevo” PAN, jamás podrían hacer algo así, sencillamente porque el resultado ya estaba pactado de antemano.

El instrumento de definición por excelencia sigue siendo la encuesta, que mide conocimiento territorial, honestidad percibida y arraigo. Para los cargos plurinominales, la tómbola persiste como mecanismo que sirve para romper el monopolio de las camarillas y abrir espacios a comunidades indígenas y personas con discapacidad. Hasta un 40 por ciento de candidaturas en distritos de mayoría puede recaer en perfiles externos, siempre que superen los mismos filtros éticos. Es un partido que, al menos en sus reglas escritas, apuesta por la permeabilidad antes que por la endogamia.

Aguascalientes con Nora Ruvalcaba Gámez

Aguascalientes, es el único estado donde Morena perdió la elección presidencial de 2024, y el bastión más resistente del PAN en el país. Sin embargo, el proceso interno de la 4T revela algo interesante, la brecha en las encuestas revela la notable diversidad en las posibles candidaturas. 

La primera, la senadora Nora Ruvalcaba Gámez, encabeza las simpatías internas con el 56 por ciento y representa la apuesta de continuidad y experiencia territorial. Salma Luévano Luna, diputada federal, pone sobre la mesa una candidatura histórica, porque aspira a convertirse en la primera gobernadora trans de México, enfocando su propuesta en derechos de las minorías y acceso a servicios básicos. Ricardo Rodríguez Vargas, exdirector del INDEP, suma perfil técnico a la discusión. El Partido Verde aporta a Genny López, diputada local que formaliza la representación de esa fuerza dentro de la coalición. El Partido del Trabajo, aliado estratégico, aguarda el resultado para sumarse al frente común.

La oposición prefiere ver en esta pluralidad un síntoma de desorden. Pero la realidad, es opuesta, es el reflejo de un movimiento que todavía debate, no como el PRI, el PAN o incluso MC que lo designaran por dedazo. 

Bajo este contexto se entiende mejor la decisión de Arturo Ávila Anaya. El diputado y vocero del movimiento optó por no registrarse para la gubernatura de Aguascalientes, y su argumento merece tomarse en serio, con su candidatura en la boleta interna, el debate se fragmentaría y el desgaste restaría energía a quien finalmente encabece el proyecto. Al ceder el espacio, Ávila apuesta por el consenso en torno a Nora Ruvalcaba.

Su destino declarado es la alcaldía Cuauhtémoc, en la Ciudad de México, demarcación donde nació y reside. Las encuestas que cita le dan una ventaja de 16 puntos frente a la oposición. Su diagnóstico sobre la gestión actual es severo, el agua, baches, mercados públicos en deterioro, y una administración que ha privilegiado la presencia en redes sociales por encima de la obra tangible. Es el tipo de crítica que conecta con el vecino que carga cubetas porque la tubería lleva semanas sin presión, no con el analista que sigue redes sociales.

La unidad como estrategia

Morena se ha convertido en columna vertebral de su proyecto, la unidad no se decreta, se construye. Las cuatro cartas compromiso que firman los aspirantes, el respeto al resultado de las encuestas, la disposición a ceder el espacio propio cuando el conjunto lo requiere, todo apunta a un partido que ha aprendido, a veces a golpes, que la fragmentación interna es el regalo más valioso que puede hacerle a sus adversarios.

En Aguascalientes o en la Cuauhtémoc, en la gubernatura o en la alcaldía, la lógica es la misma, el movimiento antes que el individuo, la transformación antes que el cargo. Mientras la oposición celebra cada encuesta adversa como si fuera ya una urna, Morena afina su método, diversifica sus perfiles y construye su coalición. La elección de 2027 está lejos, pero el trabajo, en cambio, ya comenzó.

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Friendship Bowl, constructor de sueños de gigantes

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Desde la Tribuna 

Por Laura Sandoval

Hay momentos que no llegan para confirmar una historia. Llegan para cambiarla.

Durante décadas, el fútbol americano juvenil en México ha vivido entre la pasión y la paciencia: generaciones enteras entrenando en campos que pocas veces aparecían en los reflectores internacionales, familias convirtiendo madrugadas en sacrificios silenciosos y jóvenes creyendo que el talento no entiende fronteras, aunque el mapa dijera otra cosa.

Pero hay instantes donde una puerta deja de ser una aspiración y se convierte en una entrada.

Eso representa hoy el Friendship Bowl Youth Football.

Porque esto va mucho más allá de participar en un evento. Es entender que el trabajo de años comienza a ocupar espacios que antes parecían reservados para otros. Que un grupo de jugadores juveniles tenga presencia dentro de las actividades del Thursday Night Football, junto a Los Angeles Rams y con cobertura de NFL Network en el escenario monumental del SoFi Stadium, no es una fotografía; es un mensaje.

Un mensaje que dice que el talento mexicano ya no está tocando la puerta.

Está derribando fronteras.

Y mientras el emparrillado de California abre un nuevo capítulo, otro escenario histórico espera del otro lado del Atlántico.

Londres.

El Friendship Bowl también será parte de las actividades internacionales de la NFL en el encuentro entre Washington Commanders y Indianapolis Colts en el Tottenham Hotspur Stadium. Ahí, el duelo entre FSB Mexican Academy y NFL Academy tendrá un significado que trasciende el marcador.

Porque hay partidos que no se juegan para ganar yardas.

Se juegan para abrir caminos.

Cada generación necesita un momento que redefina lo posible. Quizá para algunos fue ver llegar el primer partido internacional. Para otros, ver a un mexicano competir al más alto nivel. Para esta generación, puede ser descubrir que el uniforme que hoy usan en categorías juveniles puede ser el inicio de una conversación global.

Y entonces aparece otro símbolo.

Más de cien años de historia del fútbol americano nacional y una figura con tres décadas de experiencia en la NFL, cuatro anillos de Super Bowl y una vida construida en el máximo nivel decide mirar hacia este proyecto y decir: vamos a trabajar.

Brian Pariani no representa únicamente experiencia. Representa algo todavía más poderoso: validación. La confirmación de que el desarrollo, la metodología y la visión pueden conectar el fútbol juvenil mexicano con los estándares más altos del planeta.

Pero quizá lo más importante de todo esto no está en los estadios, ni en los logos, ni en las transmisiones.

Está en el niño que hoy está entrenando sin saber que el deporte acaba de expandir sus límites.

Porque cuando una generación ve que alguien de su mismo punto de partida pisa escenarios que parecían imposibles, deja de preguntarse si pertenece.

Empieza a prepararse para estar ahí.

Y eso, más que hacer historia, es comenzar a cambiarla.

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Realidad alterna

Realidad alterna

Podemos vivir ambos mundos.
El Mundial es un acontecimiento que trasciende lo deportivo, un fenómeno social sin parangón. Los partidos paralizan países, movilizan pueblos, exacerban pasiones. Y después del pitazo final, el nacionalismo absorto en el balón encuentra cauce en la fiesta, regodeándose en la identidad reivindicada que hace comunidad, éxtasis colectivo al que pocos pueden resistirse.

Tanta algarabía es embriagante y puede distraer de los problemas, pero no los resuelve. Es una realidad alterna que coexiste con otra realidad, la dura y cotidiana que lejos de desaparecer, no deja de asomar la cabeza.

Nada lo expresa mejor que la herida abierta de los desaparecidos y la tenacidad de madres y colectivos de búsqueda por hacerse presentes y gritarle al mundo su irreprochable desesperación por no saber dónde están sus seres queridos y lidiar con un Estado indolente, rebasado y, en muchos casos, tolerante cuando no coludido con el crimen.

Y los demás problemas también siguen ahí. El autoritarismo que acabó con la división de poderes y los contrapesos; la censura que amenaza con ser más explícita; el estancamiento económico y la inflación; la falta de inversiones y la ausencia de Estado de derecho; el desabasto de medicamentos y el rezago educativo; la corrupción rampante y la exultante impunidad; la inseguridad y el innegable poder político, económico y territorial de la delincuencia organizada.

Mientras dure la Copa del Mundo seguirá la ambivalencia. No se diga si la selección mexicana felizmente mantiene el paso, ganando y avanzando. Lo importante es saber que no es excluyente, que se puede gozar de la emoción del futbol y celebrar los triunfos y al mismo tiempo solidarizarse con la madres buscadoras, informarnos, demandar rendición de cuentas y ejercer nuestros derechos.

Basta con evitar que la emoción se vuelva enajenación y disfrutar el juego sin ignorar lo que tenemos alrededor. Finalmente, en las dos realidades, queremos que gane México.

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El Mundial avanza, el balón que junta, el muro que separa

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El Ágora

Por Ana Gómez

Una semana después de la inauguración, el Mundial 2026 confirma su doble cara. Dentro de México, el torneo sigue funcionando como un acelerador de empatía entre selecciones y aficiones que jamás se habían visto. 

Afuera, del lado estadounidense, la fiesta convive con tiroteos que no distinguen entre balón y bala, y con una política migratoria que no da tregua ni siquiera al evento que reúne al planeta.

Las hazañas de los chicos

Más que los marcadores abultados, lo que dejó esta semana fueron las sorpresas y la resistencia de los equipos pequeños. Cabo Verde sigue invicto, tras el 0-0 ante España, ahora rescató un 2-2 frente a Uruguay y mantiene viva la ilusión de clasificar en su primer Mundial. Curazao, la nación más pequeña en la historia de una Copa del Mundo, empató 0-0 con Ecuador y consiguió su primer punto. La República Democrática del Congo, debutante absoluta, empató 1-1 con un Portugal que ya suma diez partidos sin gol de Cristiano Ronaldo en Mundiales y Eurocopas. Marruecos venció 1-0 a Escocia, Irán resistió un 0-0 ante Bélgica y Egipto remontó para ganar 3-1 a Nueva Zelanda, su primer triunfo en la historia del torneo. Ghana sufrió hasta el descuento para vencer 1-0 a Panamá. 

México sigue tendiendo la mano

México volvió a demostrar que, de este lado de la frontera, el Mundial sigue siendo fiesta compartida. Antes del duelo en Guadalajara, las aficiones de México y Corea del Sur estrecharon lazos en las calles de la ciudad, que por primera vez en su historia recibía un partido mundialista, pese a haber sido sede en 1970 y 1986. Tras el triunfo del Tri, más de 300 mil personas celebraron solo en el Zócalo capitalino, con festivales futboleros igualmente abarrotados en Monterrey y Guadalajara.

Javier Aguirre relató cómo, afuera del hotel de concentración tapatío, lo recibieron madres, abuelas, bebés y mariachis. El portero Raúl Rangel, además, igualó una marca que solo tenía Guillermo Ochoa, el arco en cero en sus primeros dos partidos mundialistas. Irán, por su parte, instaló su campamento en Tijuana ante las restricciones impuestas por Washington a su delegación, y solo cruzará a territorio estadounidense para disputar sus partidos. México, una vez más, funciona como refugio para selecciones que el anfitrión del norte trata con sospecha.

El cariño no es exclusivo de los coreanos. En Monterrey, donde Japón instaló su campamento de preparación, la afición regiomontana arropó a los asiáticos a pesar de la polémica por el estado de las canchas de entrenamiento. Japón devolvió el gesto, su afición se quedó a recoger la basura de las gradas del Estadio Monterrey tras enfrentar a Túnez, en el partido que marcó el número 1,000 en la historia de los Mundiales.

Estados Unidos, la misma exclusión, nuevos episodios

Del otro lado, la lista de incidentes no deja de crecer. El jueves, horas después del desfile por el título de los Knicks, un tiroteo sacudió Times Square, epicentro de la fiesta mundialista en Nueva York y sede de la final, no hubo heridos, pero sí estampidas entre los aficionados de Brasil, Argentina y Marruecos que ahí se reúnen a diario. El temor a la violencia no es nuevo en esa sede, hace un año, en la final del Mundial de Clubes, un solicitante de asilo fue detenido frente a sus hijos en el estacionamiento del propio MetLife Stadium, encarcelado tres meses y finalmente deportado.

En el plano migratorio, el Departamento de Seguridad Nacional reconoció que no existe ninguna directriz que ordene a ICE mantenerse alejado de los estadios, y que la agencia conserva plena facultad legal para detener sin orden judicial dentro o cerca de los recintos. Amnistía Internacional ya había advertido que ICE representa una amenaza incluso para los propios futbolistas. Human Rights Watch documentó que, desde enero de 2025, más de 167 mil personas han sido arrestadas solo en las once ciudades sede estadounidenses. En el Congreso, la legisladora Nellie Pou propuso la Save the World Cup Act, que prohibiría operaciones migratorias en un radio de kilómetro y medio alrededor de los estadios; la iniciativa, sin embargo, tiene pocas posibilidades en un Congreso republicano. Esta semana se confirmó, además, la presencia de ICE en los alrededores del estadio de Santa Clara, sede de los próximos partidos en el Área de la Bahía.

El marcador extradeportivo sigue sin favorecer a Estados Unidos. Mientras México multiplica abrazos entre desconocidos y comparte sus calles con el mundo, el anfitrión más poderoso del planeta insiste en recordarle a sus visitantes, y a sus propios migrantes, que la bienvenida tiene condiciones. El Mundial avanza, pero esa otra competencia, la de la hospitalidad, sigue 2-0 a favor de México.

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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.

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Fútbol y Football más que un crossover

Fútbol y Football más que un crossover

Desde la Tribuna

Por Laura Sandoval

Hay fotografías que parecen imposibles.

No por lo que muestran, sino por lo que terminan anunciando.

Una de ellas ocurrió hace más de medio siglo: Pelé y Joe Namath compartiendo cuadro, sonriendo, como si pertenecieran al mismo universo.

Y en teoría no era así.

Uno era el rostro del deporte más global del planeta. El otro, el quarterback más mediático del deporte más estadounidense de todos.

Pero ahí estaban.

Hoy, cuando el Mundial se juega en estadios de NFL y ciudades enteras transforman sus templos del football para recibir futbol, aquella imagen ya no parece una curiosidad histórica.

Parece una profecía.

Porque quizá llevamos décadas viendo cómo estos dos deportes se acercaban… y apenas ahora entendimos que nunca estuvieron tan separados.

Cuando Pelé llegó a Estados Unidos para jugar con el New York Cosmos en los años setenta, el futbol todavía era visto como una excentricidad extranjera.

Pero había algo que Estados Unidos sí entendía mejor que nadie: el espectáculo.

Y ahí apareció Joe Namath.

Namath ya era una celebridad absoluta con los New York Jets. Pelé estaba intentando convencer al país de adoptar una nueva pasión.

Aquella fotografía entre ambos nunca fue solamente promoción.

Fue el instante en que futbol y football descubrieron que compartían algo esencial: ambos entendían que los estadios no son edificios; son escenarios.

Décadas después, el Mundial ya no entra a los estadios NFL como invitado.

Llega como protagonista.

Pero el intercambio entre ambos deportes nunca fue solamente cultural.

También fue físico.

Porque durante años hubo jugadores que descubrieron que el camino del balón redondo podía terminar en el ovoide.

El caso más fascinante quizá sea Tony Meola.

Sí, el mismo arquero que defendió a Estados Unidos en los Mundiales de 1990 y 1994.

Después de su carrera como futbolista profesional decidió probar suerte como pateador con los New York Jets.

Nunca llegó a jugar temporada regular en la NFL.

Y aun así el intento dejó algo claro: entre el golpeo de un balón y un gol de campo hay menos distancia de la que imaginamos.

No fue el único.

Brandon Aubrey pasó por el futbol profesional antes de convertirse en uno de los pateadores más efectivos de la NFL.

Josh Lambo fue portero antes de construir carrera en el emparrillado.

Younghoe Koo también creció con una fuerte formación futbolística antes de consolidarse como especialista.

Durante años el pateador fue visto como el jugador “menos NFL”.

Quizá era exactamente al revés.

Quizá siempre fue el punto donde ambos deportes se tocaban.

Y si hablamos de conexiones modernas, hay un momento reciente que resume perfectamente esta nueva era.

Cooper Kupp y Kylian Mbappé.

Dos atletas que parecen venir de mundos distintos y que, sin embargo, representan exactamente el mismo fenómeno.

Kupp acababa de convertirse en el rostro de la NFL después de ganar el Super Bowl y ser nombrado MVP.

Mbappé ya era el heredero global del futbol tras levantar una Copa del Mundo y convertirse en el jugador destinado a marcar una generación.

No compartían posición.

No compartían deporte.

Ni siquiera compartían el mismo lenguaje competitivo.

Pero sí compartían algo más profundo: entendían lo que significa cargar con la expectativa de ser la imagen de una época.

Y ese momento dejó ver algo nuevo.

El futbolista ya sigue la NFL.

El receptor de NFL sigue la Champions.

Las fronteras culturales empezaron a desaparecer.

Hoy un aficionado del Mundial reconoce a Cooper Kupp.

Y un fan de NFL sabe perfectamente quién es Mbappé.

Las narrativas ya se mezclaron.

Pero quizá el ejemplo más curioso de todos ni siquiera ocurrió dentro de una cancha.

Ocurrió en la imaginación.

Porque pocos casos explican mejor este nuevo puente que Antoine Griezmann.

Mientras muchos futbolistas siguen la NFL por entretenimiento, Griezmann convirtió esa pasión en parte de su identidad pública.

Celebra touchdowns.

Consume football americano constantemente.

Construyó relaciones con jugadores NFL.

Y durante años alimentó una idea fascinante: imaginar cómo habría sido su vida si hubiera perseguido un Super Bowl en lugar de una Copa del Mundo.

Hay algo poderoso en eso.

Porque deja claro que el atleta moderno ya no crece admirando un solo deporte.

Crece dentro de una cultura deportiva compartida.

Pelé veía a Namath como una estrella de otro mundo.

Griezmann ya se imagina dentro del suyo.

Y ahora el Mundial hace el gesto más simbólico de todos.

Está entrando a estadios diseñados para el football… y transformándolos por unas semanas en catedrales del futbol.

Cambian las líneas.

Cambian las dimensiones.

Desaparecen los logos.

Pero permanece el ritual.

Porque al final da igual si el balón se patea para un gol de campo o para un gol al ángulo.

Lo que llena un estadio nunca ha sido el deporte.

Ha sido esa sensación irrepetible de que algo histórico puede pasar frente a tus ojos.

Pelé y Namath lo entendieron antes que todos.

Y quizá por eso aquella fotografía ya no parece una coincidencia.

Parece el inicio de una conversación que terminó convirtiéndose en Mundial.

Una conversación que empezó con una sonrisa entre dos leyendas…

y que hoy sigue viva cada vez que el futbol entra a una casa construida para el football.

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