La inconformidad de las juventudes, como bandera partidista
El Ágora
Por Ana Gómez
El 15 de noviembre se presentó como el día en que la “Generación Z” mexicana saldría a las calles para expresar su inconformidad. Lo que vimos en las avenidas del país fue muy distinto, una movilización dirigida por los mismos actores políticos y económicos de siempre, disfrazada de juventud para intentar ganar legitimidad.
Eso no significa que el descontento juvenil no exista. Al contrario, es real y debe ser escuchado. Pero si se canaliza a través de engaños y manipulaciones, se corre el riesgo de que las demandas legítimas se diluyan y se usen como carne de cañón en batallas partidistas.
El origen de la convocatoria
La primera pregunta que debemos hacernos es ¿quién convocó realmente?. La respuesta no está en los memes ni en los hashtags, sino en la traza digital del manifiesto que circuló en redes.
Periodistas y colectivos revisaron la metadata del documento que le dio origen al movimiento conocido como “Manifiesto de la Generación Z” y encontraron que había sido elaborado en una computadora vinculada a Monetic Agency, una empresa dedicada a monetizar contenidos en redes sociales.
Lo más extraño es que esta agencia comparte domicilio con un exdiputado del PRI. Es decir, detrás de la supuesta espontaneidad juvenil había operadores políticos con experiencia en campañas y comunicación.
A esto se sumó la participación de figuras ligadas al PAN y al PRI, así como la cobertura sincronizada de medios y comunicadores de ultraderecha. Todo apuntaba a que la marcha no era un movimiento genuino, sino una estrategia diseñada desde oficinas partidistas para simular un levantamiento juvenil contra el gobierno.
¿Quiénes estaban en las calles?
La narrativa digital hablaba de jóvenes inconformes, pero la realidad fue otra. En las calles predominaban adultos, militantes opositores, articulistas de derecha y simpatizantes de la vieja política.
Sí hubo juventudes presentes, y es importante reconocerlo. Algunos acudieron porque tienen inconformidades legítimas, como inseguridad, falta de oportunidades, frustración con la política. Esas voces merecen respeto. Pero lo que está mal es que actores políticos se aprovechen de ese malestar para manipularlo y convertirlo en capital partidista.
La oposición necesita desesperadamente atraer a las y los jóvenes, un sector donde ha perdido terreno electoral. Por eso intentó disfrazar la marcha como un movimiento generacional. Pero el disfraz se cayó, porque la narrativa no coincidió con la realidad de quienes estaban en las calles
La violencia como guión
La marcha también estuvo marcada por hechos lamentables. El llamado “bloque negro” apareció para romper vallas, vidrios y agredir tanto a policías como a personas. El saldo fue duro, 20 manifestantes heridos, más de 100 policías lesionados y 20 detenidos. La violencia nunca puede justificarse. Y lo más grave es que este tipo de acciones terminan alimentando la narrativa de represión que la oposición busca instalar, se victimiza, acusa al gobierno de autoritarismo y usa los destrozos como prueba de que “no hay democracia”.
Pero la contradicción es evidente, si México fuera una dictadura, como algunos discursos insisten, estas marchas no podrían realizarse con libertad. El hecho de que se convoquen y se difundan abiertamente demuestra que la democracia existe y garantiza el derecho a manifestarse.
La respuesta de las juventudes organizadas
La mayoría de los colectivos juveniles en México se dieron cuenta de la trampa. Desde antes del 15, administradores de grupos digitales y organizaciones estudiantiles se deslindaron de la convocatoria. Dijeron claramente: “esto ya fue tomado por la derecha”. Por eso decidieron organizar movilizaciones en otras fechas, como la del 8 de noviembre, donde participaron colectivos universitarios y organizaciones sociales con demandas legítimas, sin estar subordinados a partidos.
Ese contraste es revelador. Mientras la marcha del 15 intentó simular espontaneidad, pero terminó siendo una puesta en escena partidista, las movilizaciones previas mostraron que sí hay juventudes inconformidades reales, pero que prefieren expresarlas en espacios autónomos y no bajo la sombra de intereses políticos.
Democracia y legitimidad
La legitimidad de una protesta no depende solo de cuántas personas asistan, sino de quién la convoca, cómo se organiza y con qué objetivos. Cuando detrás hay agencias de monetización, operadores del PAN y PRI, empresarios con intereses claros, la protesta pierde autenticidad. Se convierte en un producto político disfrazado de ciudadanía.
La violencia del bloque negro, los lesionados y los detenidos son otra advertencia, que cuando la protesta se convierte en espectáculo, los costos los pagan los ciudadanos comunes, no los políticos que la manipulan. Y cuando las y los jóvenes son engañados para marchar bajo banderas ajenas, su voz se pierde en el ruido de intereses que no los representan.
La marcha del 15 de noviembre no fue la voz de una generación inconforme. Fue la marcha de la derecha disfrazada de juventud. Fue un intento de simular espontaneidad para ganar legitimidad, pero terminó revelando lo contrario, que los mismos actores de siempre siguen buscando manipular el descontento social.
La ciudadanía merece claridad y las juventudes merecen respeto. México merece que las protestas sean auténticas, no productos de agencias ni estrategias de partidos. Porque la democracia se fortalece con voces genuinas, no con disfraces.
Sigue a Ana Gómez en X: @AnaGomezCalzada
*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
Te puede interesar: Michoacán, la paz que se construye
Entérate de las noticias por medio de nuestra cuenta oficial en Instagram