El poder despótico no se detiene ante la ley

Alejandro Moreno difundió la conversación telefónica que tuvo con Manuel Velasco el pasado 8 de abril. En ella se escucha al senador del Partido Verde comunicar la amenaza que el secretario de Gobernación le enviaba, en virtud de la imposibilidad de reunirse con él antes de la realización del Consejo Político Nacional del PRI, en la cual definirían su posición respecto a la reforma eléctrica.

Aunque Velasco pretendió hablar en clave por lo delicado del mensaje, no dejó lugar a dudas. Le informó que Adán Augusto López habló en su presencia con Andrés Manuel López Obrador y que éste fue categórico: si Alito no jalaba con su iniciativa, se irían con todo y pagaría las consecuencias.

La historia la conocemos. A pesar de presiones y ofrecimientos, solo un diputado del PRI decidió votar con el oficialismo a cambio de una Embajada para su padre. Un mes después, Layda Sansores empezaría a revelar una serie de audios en los que Moreno sale mal parado. Que dicha gobernadora difunda grabaciones ilegales no solo demuestra conciencia de su impunidad, también el deseo de dejarle en claro al balconeado de donde viene el golpe, pues ella pertenece al círculo cercano del presidente.

El INE  y la Fiscalía ya investigan el contenido de los audios. Lo que nos debería preocupar es el abuso de poder de quienes manipulan los instrumentos del Estado para sus venganzas. En lugar de usar los servicios de inteligencia para combatir la delincuencia, recurren al espionaje político para castigar la desobediencia de un dirigente opositor.

De qué tamaño será el rencor del presidente por perder la votación que también cumplió la amenaza de denunciar por traición a la patria a los diputados que rechazaron su reforma. Los gobiernos democráticos no persiguen disidentes; el chantaje y la intimidación son propias del crimen organizado. Lo que son las cosas, con López Obrador, la mafia está en el poder.

Intimidación y chantaje

¿Qué le pasa al presidente?

Por Fernando Belaunzarán

López Obrador perdió los estribos y literalmente mandó al carajo a quienes cuestionaron su decisión de traer 500 médicos cubanos. Le molestó que múltiples voces y organizaciones de la comunidad médica refutaran la falta de especialistas y le hicieran ver que muchos colegas carecen de plazas, ganan sueldos raquíticos o se encuentran desempleados y que lo único que se requiere para que acudan a zonas alejadas es que el Estado cumpla con su obligación de brindar seguridad.

Tampoco le gustó que juristas señalaran que la ley obliga a revalidar estudios y obtener certificados de su especialidad para ejercer en el país, ni que defensores de derechos humanos recordaran que la ONU y el Parlamento Europeo consideran las misiones médicas cubanas como trabajo forzoso, trata de personas y una forma de esclavitud moderna, en virtud de que reciben solo una mínima parte de lo que le pagan a la dictadura por ellos y las familias sirven de rehenes para asegurar su regreso a la isla.

Pero más allá del debate, es grave que el titular del Ejecutivo muestre tanta intolerancia contra quienes piensan distinto. Hace poco calificó de traidores a la patria a los diputados que votaron en contra de su iniciativa de reforma eléctrica, es decir, ni siquiera reconoce el derecho a discrepar de los miembros de un poder independiente, cuyas opiniones son constitucionalmente inatacables.

Hoy López Obrador manda al carajo a los médicos mexicanos, a quienes difama después de enfrentar el Covid en condiciones precarias. Aunque no lo haya dicho con esas palabras, a ese mismo lugar ya mandó a los niños con cáncer, madres de desaparecidos, clasemedieros aspiracionistas, periodistas independientes, opositores, mujeres violentadas, organizaciones de la sociedad civil y un largo etcétera. Si queremos un país en el que todos quepamos, necesitamos gobernantes que respeten las diferencias. Piénsalo cuando votes.

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