Fátima Bosch y la corona como símbolo de cambio
El Ágora
Por Ana Gómez
La coronación de Fátima Bosch como la nueva Miss Universo de México no es solo una foto bonita ni un vestido espectacular; es el final visible de un proceso largo y, para muchas, transformador.
El orgullo mexicano se expresa en lo deportivo, con atletas que conquistan medallas y ponen en alto nuestra bandera; en lo intelectual, con científicas, escritores y estudiantes que destacan en el mundo; en el gobierno con hitos históricos como la primera presidenta del país; y también en lo cultural y estético, donde certámenes de belleza se transforman en plataformas de representación y voz.
México es más que talento individual, es carácter colectivo, firmeza en los principios y la convicción de que nuestras mujeres y hombres son protagonistas de un país que avanza.
La importancia de que Fátima no se dejó amedrentar por la organización del certamen es clave. Mantenerse firme ante presiones internas o externas demuestra que las mujeres mexicanas tienen carácter, convicciones y lealtad a sus principios. Detrás del brillo hay años de preparación, ese recorrido dejó de ser únicamente sobre lucir; se trata de representar, de hablar con voz propia y de exigir respeto.
No se trata de confrontación gratuita; es la afirmación de que la voz de una concursante debe tener peso real, incluso cuando eso incomoda a quienes controlan el escenario. Ese gesto envía un mensaje potente, en México las mujeres somos más que lo físico; somos seres humanos con criterio y capacidad de liderazgo.
Las pruebas del certamen miden presencia, pero también coherencia: ¿qué propone la candidata sobre educación, salud o violencia de género? ¿Cómo ha trabajado en su comunidad? Eso obliga a que la competencia valore el compromiso y no solo la estética.
Esa transformación no cayó del cielo; es el resultado de años de lucha social, de activismo y de mujeres que dijeron “no” a ser vistas como objetos. En México hemos avanzado, hay más leyes, mayor visibilidad de los problemas que enfrentamos las mujeres y más voces que exigen cambios reales.
Fátima llegó a la corona después de sortear críticas, nervios y expectativas. Cuando una mujer sube a un escenario internacional y habla con claridad sobre estos temas, no solo suma puntos en un concurso; abre conversaciones en hogares, escuelas y redes sociales.
La participación debe darse en condiciones de respeto, con reglas claras, sin explotación y con la posibilidad real de que la voz de la concursante tenga peso. También implica que organizadores, medios y público asuman la responsabilidad de proteger a las participantes, evitar comentarios que cosifiquen y escuchar lo que proponen.
Las felicitaciones como las de nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum ayudan a visibilizar el logro, envían un mensaje claro, donde las mujeres que alcanzan espacios públicos merecen respeto y apoyo institucional. Eso no resuelve todo, pero contribuye a cambiar el relato. Celebrar la corona es legítimo, pero convertir esa celebración en acciones concretas es lo que marcará la diferencia.
También hay que hablar de los medios y de la ciudadanía. Las redes sociales amplifican, pero también polarizan. Exijamos cobertura que respete la dignidad de las participantes y que no reduzca su historia a un cuerpo o a un vestido.
Como público, podemos cambiar la conversación, en lugar de comentar solo la apariencia, preguntemos por sus proyectos, sus propuestas y las causas que defienden. Ese cambio de mirada es pequeño en el día a día, pero enorme en su efecto colectivo.
En el plano cultural, México y el mundo han avanzado, pero la tarea sigue. La igualdad no se alcanza con un solo triunfo; se construye con educación en igualdad desde la infancia, con leyes que se cumplan y con una cultura que no tolere la violencia ni la discriminación.
La coronación de Fátima Bosch es una buena noticia, pero no como un punto final, sino como un punto de partida. Es la oportunidad para que la ganadora, las organizaciones y las autoridades trabajen juntas en proyectos que beneficien a mujeres y niñas.
Es la oportunidad para que la sociedad deje de ver a la mujer como objeto y la empiece a ver, de verdad, como una persona con derechos. Si mantenemos esa mirada crítica, solidaria y exigente, la pasarela dejará de ser solo un espectáculo y se convertirá en una plataforma para el cambio. Y eso, al final, es lo que importa, que los logros individuales se traduzcan en mejoras colectivas para todas las mujeres en México y en el mundo.
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*Los textos publicados en la sección de Opinión son responsabilidad exclusiva del autor.
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