México no pide permiso 

México no pide permiso 

El Ágora 

Por Ana Gómez

El domingo 26 de julio, mientras aquí apenas amanecía, un joven de Ensenada se subía al podio del Tour de Francia, un regiomontano de 21 años cruzaba primero la meta en Hungría y, en Santo Domingo, la bandera tricolor ya encabezaba el medallero de los Juegos Centroamericanos y del Caribe. Tres frentes distintos, un mismo mensaje, México dejó de ser el país que participa para ser el país que compite. 

Del Toro en Francia

Isaac del Toro terminó tercero en la clasificación general del Tour de Francia y se colgó el maillot blanco de mejor joven, además de ganar la etapa con final en Barcelona. Es el primer mexicano que sube al podio de la carrera más dura del planeta. Antes, el techo lo había puesto Raúl Alcalá con dos octavos lugares en 1989 y 1990; el Torito lo rompió a los 22 años y con una temporada de escándalo, campeón del UAE Tour, del Tirreno-Adriático y del Tour de los Alpes franceses, después de haber sido subcampeón del Giro de Italia el año pasado, con once etapas vestido de rosa.

Y conviene contar la historia completa. Del Toro no salió de una academia con laboratorio y nutriólogo, salió de Ensenada, con una bicicleta prestada, un taller de barrio que le componía la máquina y un mensaje de Facebook que le mandó a un director deportivo para pedirle una oportunidad. Lo llevó ahí su terquedad y una familia que le hizo la lucha.

Noel León le ganó a Europa en su propia pista

El mismo domingo, Noel León ganó la carrera principal de la Fórmula 2 en Hungría, su tercer triunfo de la temporada. En mayo, en Canadá, ya se había convertido en el primer mexicano en ganar una carrera de esta categoría, que es la antesala directa de la Fórmula 1. Hoy marcha quinto en el campeonato y su escudería, Campos Racing, lidera entre constructores. No está solo, Rafael Villagómez también corre en F2, y Ernesto Rivera y José Garfias en F3. Es la camada mexicana más numerosa de la historia tocando la puerta de la máxima categoría.

El Caribe también se dice en tricolor

Mientras tanto, en Santo Domingo se celebran los Juegos Centroamericanos y del Caribe número veinticinco, justo en su centenario, la primera edición fue en la Ciudad de México, en 1926. Casi cuarenta países, más de seis mil atletas y una delegación mexicana de más de 630 competidores.

El resultado, hasta el corte de este 27 de julio, México encabeza el medallero con 16 oros, 15 platas y 12 bronces. Y no es novedad, es costumbre. México es el único país que ha estado en las veinticinco ediciones y ha ganado trece de ellas. En Barranquilla 2018 sumó 341 medallas y en San Salvador 2023 alcanzó su récord histórico con 353. Ahí están Osmar Olvera en los clavados, Alejandra Valencia en el tiro con arco, Prisca Awiti en el judo, Yareli Acevedo en el ciclismo de pista, Daniela Souza en el taekwondo. Regionalmente no somos un invitado más, somos la potencia.

Lo que se rompió y lo que hay que construir

Aquí viene la parte incómoda, porque el orgullo sin memoria es pura porra. Durante el largo invierno neoliberal, el deporte se trató como adorno de sexenio y como negocio de unos cuantos. Se gastó en fotos y en burocracias federativas convertidas en cacicazgos vitalicios, mientras las y los atletas rifaban licuadoras y se pagaban sus propios pasajes. Nada lo retrata mejor que el ciclismo.

Esa herencia no se arregla en un día. Por eso el reto de nuestra Cuarta Transformación es que estos triunfos dejen de ser hazañas individuales y se conviertan en política de Estado, canchas y albercas públicas en las colonias, deporte en las escuelas, becas que sean derecho y no premio de consolación, federaciones que rindan cuentas. Lo que hoy logran, lo logran con carácter y con un apoyo reducido del Gobierno. Imaginemos lo que lograrían con condiciones más óptimas. 

Rumbo a 2028, y con orgullo

Faltan dos años para los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, del otro lado de la línea, en la casa del vecino, con las gradas llenas de paisanas y paisanos que llevan décadas sosteniendo con su trabajo dos economías. 

Porque lo de Del Toro, lo de Noel León y lo del medallero caribeño no es suerte ni casualidad estadística. Es lo mismo que ha sacado adelante a este país cada vez que le dijeron que no se podía, un pueblo trabajador, talento de sobra y una necedad hermosa para no rendirse. México no pide permiso. México compite. Y últimamente, gana.

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Preso Político

Preso Político

Digamos las cosas como son.
La detención de Ernesto Ruffo exhibe a un régimen capaz de fabricar delitos a opositores con tal de conservar el poder. El sistema de justicia está sometido con una fiscal general fundadora de Morena y ministros, magistrados y jueces que deben sus cargos a quien los puso en el acordeón. La autonomía de la Fiscalía y la independencia del Poder Judicial son letra muerta.

Precisamente una jueza de acordeón aceptó girar las órdenes de aprehensión después de que uno de carrera las rechazara por falta de pruebas. Huele peor aun que con ella y de última hora incluyeran el nombre de Ruffo, presentándolo además como líder de la mayor red de huachicol fiscal, acusación absurda y demencial.

Ahora resulta que él controla las aduanas y a las fuerzas armadas que las operan, siendo que solo es inversionista minoritario de una empresa que no compra, no transporta, no distribuye y no comercializa combustibles, únicamente gestiona los permisos de importación.

Robar petróleo, llevarlo a Texas, refinarlo, regresarlo a México sin pagar impuestos y distribuirlo en gasolineras de todo el país frente a las narices, y a veces la custodia de la Guardia Nacional, es una transa de cientos de miles de millones de pesos que requiere forzosamente de la complicidad de las más altas esferas del poder público.

No solo distraen la atención de la protección a Rocha Moya y Marina del Pilar, también exoneran a los verdaderos responsables del mayor desfalco a la hacienda pública del que se tenga registro. El obradorato culpa de sus propios delitos a la oposición, buscando revertir la creciente evidencia que vincula a Morena con el crimen organizado.

Es cálculo electoral. Si no les funciona ya pueden anular comicios alegando injerencia extranjera o de plano seguir los pasos de Daniel Ortega, el Peje de Nicaragua, suprimiendo las elecciones.

No seamos indiferentes ante la injusticia. Exijamos la liberación de Ernesto Ruffo, preso político del régimen obradorista.

Fernando Belaunzarán en Instagram: @fer_belaunzaran, en X: @ferbelaunzaran

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El fin del Mundial, pero no de la guerra

El fin del Mundial, pero no de la guerra

El Ágora

Por Ana Gómez

España se coronó campeona del mundo. Al minuto 106, Ferran Torres anotó el único gol de la final, donde Argentina jugó casi toda la prórroga con un hombre de menos, por una expulsión.

Segundo título mundial para España, pero mientras el trofeo pasaba de mano en mano en el MetLife de Nueva Jersey, Donald Trump bajó al campo a entregar la Copa y lo recibieron con abucheos.

El estadio como tablero

Ningún Mundial es puro futbol, y este menos que ninguno. A la final asistieron Trump, su esposa Melania, nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum y el canadiense Mark Carney. Esa foto de los mandatarios juntos ya es, de por sí, un mensaje. Y este domingo el público se rebeló con ganas. Cada que las pantallas enfocaban a Trump, media tribuna se le echaba encima a punta de chiflidos y gritos, que hasta se colaron en la transmisión oficial.

Y no se quedó ahí. Días antes, Trump presumió que le marcó a su amigo íntimo Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, para que le borraran la roja al delantero gringo Folarin Balogun, y lo consiguió, lo dejaron jugar unos octavos que, de todos modos, Estados Unidos perdió 4-1 con Bélgica. En lo deportivo, una anécdota; en lo simbólico, un monumento al hombre más poderoso del planeta agarrando el teléfono para torcerle una regla al juego.

Del otro lado estuvo el silencio. El español Borja Iglesias, que no se ha mordido la lengua contra la guerra en Gaza, le dio la mano a Trump sin voltearlo a ver. No hizo falta pancarta, en un escenario armado para la sonrisa de compromiso, mirar al piso también grita. Trump, mientras tanto, bautizó al torneo como “quizá el evento deportivo más exitoso de la historia”.

Y mientras la pelota rodaba en Nueva Jersey, a miles de kilómetros pasaba lo que ningún reflector quiso alumbrar, esa misma madrugada, Estados Unidos bombardeó Irán por novena noche seguida.

La guerra que arrancó el 28 de febrero, en plena mesa de negociación, dejó atrás los golpes medidos para volverse carnicería abierta, el viernes murieron dos militares estadounidenses en Jordania, el estrecho de Ormuz volvió a tensarse y el petróleo se disparó. Y en el colmo del cinismo, el secretario de Estado Marco Rubio juró el domingo que Washington “siempre permanece abierto” a la diplomacia, mientras los aviones volvían a despegar con dirección a Medio Oriente.

Los mexicanos respaldamos a nuestra Presidenta

Mientras adentro del estadio a Trump lo recibían con silbidos, a nuestra Presidenta Claudia Sheinbaum la recibió otra cosa muy distinta, decenas de paisanos le armaron una bienvenida con mariachi, banderas tricolores y gritos de “no estás sola” y “es un honor estar con Claudia hoy”. La presidenta, que aterrizó en un avión de la Sedena luego de que el mal clima le tumbara el vuelo comercial, lo agradeció desde sus redes: “Son más que correspondidos. Mexicanas y mexicanos trabajadores, los quiere y admira todo México”.

Y no es dato menor, los migrantes mexicanos, nuestros paisanos, esa comunidad que carga sobre los hombros las redadas y las amenazas del mismo gobierno que sentó a la presidenta en el palco. Ahí está lo importante, Sheinbaum sonreía junto a un presidente que nos aprieta con aranceles, que nos amaga con lo de la migración y que decide guerras sin pedirle permiso a nadie, mientras los mexicanos de a pie, los que sí resienten esa política en carne propia, salían a respaldarla en plena Nueva York. La diplomacia de cancha obliga a esas fotos; la política material obliga a no confundirlas con amistad.

La lección

El estadio es donde el pleito humano se vuelve ritual, hay reglas, hay árbitros y hay VAR. La guerra no tiene repetición ni tiempo extra; sus goles se cuentan en muertos y sus prórrogas duran años. Que la misma potencia que montó la fiesta más vista del planeta esté bombardeando otro país cada noche no es una coincidencia incómoda, es la foto exacta de cómo se manda hoy, con una mano repartiendo medallas y con la otra apretando el gatillo.

El torneo se va a apagar pronto. Nos quedarán el gol de Torres, las playeras y el sabor de una final peleada a codazos. Pero el ruido de fondo, son los abucheos a Trump que no cesaron, la roja que se borró por teléfono, las bombas que caían mientras cantábamos, nos deja una certeza más incómoda que cualquier marcador, la fiesta se acabó, la guerra no.

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We Are OSOS: el documental

We Are OSOS: el documental

Desde la Tribuna

Por Laura Sandoval

Hay una respuesta que el fútbol americano profesional en México lleva años buscando: ¿cómo se convierte una buena liga en un producto capaz de trascender a sus propios aficionados?

La respuesta parece no solo estar únicamente en el nivel de juego.

Tampoco en contratar mejores jugadores o conseguir más patrocinadores.

La respuesta la están encontrando en la narrativa.

En esta semana se llevó a cabo un screening en Los Ángeles, California donde estuvieron presentes personalidades como Blake Griffin, Ryan Kalil, Christian McCaffrey y entre las filas el Head Coach de los Los Ángeles Chargers, Jim Harbaugh.

Después de dos años de seguimiento de los procesos, victorias y derrotas de franquicia, la casa productora Mortal Media de la cual también es dueño la ex estrella de los Carolina Panthers, Ryan Kalil, logró ver los frutos de un trabajo exhaustivo y emocional de lo que vivido la franquicia de Monterrey. Próxima a estrenarse oficialmente en YouTube el 5 de agosto de 2026.

Por eso We Are OSOS puede representar uno de los proyectos más importantes en la historia reciente de la Liga de Fútbol Americano Profesional. No porque vaya a cambiar el resultado de una temporada, sino porque cambia el enfoque desde el que se cuenta la liga.

Durante décadas, el deporte profesional ha aprendido una lección que en México todavía parece subestimarse: los aficionados primero se enamoran de las personas y después de los equipos.

Netflix lo entendió con Drive to Survive. FX lo convirtió en fenómeno con Welcome to Wrexham. Amazon ha construido imperios alrededor de vestidores y temporadas completas.

Ahora, Osos de Monterrey parece recorrer ese mismo camino.

La llegada de Ryan Kalil y un grupo de inversionistas integrado por figuras como Christian McCaffrey, George Kittle, Sam Darnold, Luke Kuechly, Greg Olsen y Blake Griffin nunca fue únicamente una operación financiera. Desde el principio parecía existir una intención más ambiciosa: construir una franquicia cuya historia pudiera viajar mucho más lejos que Monterrey.

Eso cambia por completo la conversación.

Porque durante años la LFA ha intentado convencer al público de que tiene buen fútbol americano. Lo que pocas veces ha hecho es mostrar por qué debería importarnos quiénes son esos jugadores, qué sacrifican para competir y qué significa levantar una liga profesional en un país donde el fútbol americano busca consolidar un espacio mediático.

Los deportes modernos viven de la conexión emocional.

Cuando un aficionado conoce el contexto, el marcador deja de ser el único protagonista.

Si We Are OSOS consigue transmitir esa humanidad la de jugadores que persiguen un sueño, entrenadores que construyen una cultura y una organización que apuesta por un proyecto de largo plazo habrá logrado algo que ninguna campaña publicitaria puede comprar.

Historias más profundas como la de Shelton Eppler líder del equipo, mostrando los diferentes ángulos emocionales y de competencia tanto de él como de sus compañeros.

La producción también envía un mensaje hacia el exterior.

Durante demasiado tiempo el fútbol americano mexicano ha sido visto como un producto exclusivamente local. Un documental de esta naturaleza demuestra que la LFA puede convertirse en una historia atractiva incluso para quien nunca ha visto un partido en México.

Y eso vale más que cualquier estadística de audiencia.

Naturalmente, un documental no resolverá por sí solo los desafíos de la liga. La LFA todavía necesita fortalecer su modelo comercial, mejorar la experiencia del aficionado y ampliar su distribución internacional.

Pero las grandes transformaciones casi siempre comienzan de la misma manera: alguien decide contar la historia correcta.

Si We Are OSOS logra que un aficionado en California, Texas o cualquier otra parte del mundo quiera saber quiénes son los Osos de Monterrey y qué representa la LFA, entonces habrá conseguido algo mucho más importante que una buena crítica.

Habrá demostrado que el fútbol americano mexicano ya no solo merece ser visto.

Merece ser contado.

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¡Sálvese quien pueda!

¡Sálvese quien pueda!

Sienten pasos en la azotea.
Héctor de Mauleón difundió un segundo audio de Marina del Pilar. Al igual que en el primero, se escucha a la gobernadora buscando negociar la solución de sus problemas en Estados Unidos con la esperanza de recuperar la visa y poder acceder a su mansión en San Diego. Pero éste último es más explícito y comprometedor.

Ahí manifiesta su miedo a ser extraditada, rechaza reunirse al otro lado de la frontera e incluso en el Consulado y, por lo mismo, propone que el encuentro sea en un hotel, expresando su intención de colaborar con las autoridades norteamericanas. Asegura haberse reunido con todas las agencias y ofrece dar información no solo de lo que sabe sino también de lo que se ha enterado en el gabinete de seguridad.

En síntesis, plantea dar información delicada a un gobierno extranjero para salvar el pellejo. Esto confirma lo publicado por Los Angeles Times y el New York Times, en el sentido de que gobernantes y dirigentes de Morena colaboran como informantes para reducir sus eventuales condenas. Según ambos reportajes, en esa situación están los gobernadores de Sonora y Tamaulipas.

Marina del Pilar reconoce la autenticidad de los audios, pero se disculpa diciendo que sus interlocutores no acreditaron su representación, es decir, que se mostró dispuesta a entregar información de seguridad a quién sabe quién.

Sin embargo, tanto la presidenta Sheinbaum como el secretario Harfuch salieron en su defensa, minimizando el hecho e insultando a la inteligencia. Afirman que lo que se dice en el gabinete de seguridad no es delicado y que, cómo desconocemos con quiénes hablaba, no tiene importancia.

Llama la atención el contraste con Maru Campos, a quien persiguieron por la presencia de agentes en la destrucción de un narcolaboratorio, pero más aún la condescendencia con quien está dispuesta a empinarlos a cambio de impunidad. Saben que el castillo se viene abajo con un naipe que caiga. Por eso siguen protegiendo a Rocha Moya.

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El T-MEC, menos titulares, más contenido

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El Ágora

Por Ana Gómez

Hay noticias que suenan peor de lo que son. La del pasado 1 de julio es una de ellas. Ese día, en una reunión virtual de apenas cuarenta minutos, el representante comercial de Estados Unidos, Jamieson Greer, comunicó a México y Canadá que su gobierno no aceptaba extender el T-MEC dieciséis años más, hasta 2042.

Los titulares no tardaron en intentar generar crisis diciendo que Trump no renueva el tratado, que se acaba el T-MEC. Y sin embargo, si uno lee el artículo, la conclusión es mucho más serena. El T-MEC sigue vivo, sigue vigente hasta 2036, y México llegó a esta mesa con una posición mucho más sólida de la que se le reconoce.

Lo que realmente pasó

Empecemos por lo básico. El tratado tiene una cláusula, el artículo 34.7, que obliga a los tres países a revisarlo cada seis años. Si los tres confirman su continuidad, se extiende por otros dieciséis. Si no, entra en un régimen de revisiones anuales hasta 2036, año en que, si nadie mueve un dedo, terminaría. Eso es todo lo que ocurrió. Se activó el mecanismo B. 

No hay ruptura, no hay cancelación, no hay fin del tratado. Hay una ruta más larga y más incómoda, sí, pero perfectamente contemplada por el texto que los tres gobiernos, incluido el del propio Donald Trump en su primer mandato, firmaron en 2018. La presidenta Claudia Sheinbaum lo ha repetido con razón. El T-MEC es ley. Y una ley no se deroga por un berrinche en la Casa Blanca.

El comercio que Trump no logra tapar

Mientras Trump amenaza, el comercio bate récords. En 2025, las exportaciones mexicanas a Estados Unidos alcanzaron los 534 mil 874 millones de dólares, el 15.7% de todo lo que compró ese país, más que Canadá, más que China. La inversión extranjera directa cerró en 40 mil 871 millones de dólares, la cifra más alta en la historia del país. Estados Unidos aportó casi el 39% de esa inversión. Ni el ruido político ni las amenazas arancelarias han conseguido lo que sí lograría un rompimiento real, es decir, alejar a las empresas americanas del piso mexicano. La razón es sencilla y estructural. Sus cadenas productivas, sus autos, su acero, sus verduras dependen de nosotros tanto como nosotros dependemos de ellos.

Los costos

Esto no significa negar los costos. Los aranceles de Sección 232 sobre acero, aluminio y automóviles afecta la inversión. La incertidumbre frenó cerca de 17 mil 400 millones de dólares de inversión el año pasado. La expectativa de crecimiento para 2026 se movió a la baja. Nada de eso es menor. Pero conviene ubicarlo en su justa dimensión. El 85% de las exportaciones mexicanas sigue entrando a Estados Unidos sin pagar un centavo de arancel, gracias precisamente al T-MEC. Ese piso, el acceso preferencial al mercado más grande del mundo, nadie más lo tiene. Ni Alemania, ni Japón, ni Corea, ni Brasil. Y no lo va a tener pronto.

El mundo cambió, no solo México

Aquí está el tercer punto que vale la pena subrayar. Lo que México vive no es un ataque contra México. Es el mundo de 2026. Estados Unidos también castiga a la Unión Europea, presiona a Japón, negocia con dientes apretados con Corea del Sur, y mantiene una guerra comercial abierta con China. La era del libre comercio sin fricción, esa que muchos daban por eterna después del NAFTA, terminó. Estamos en una etapa distinta, más geopolítica y proteccionista, con cadenas de valor que se reordenan por criterios estratégicos y no solo por costos. Fingir que esto es un problema exclusivamente mexicano es tan iluso como pretender que basta con firmar un tratado para blindarse de la política.

Negociar con cabeza fría

La estrategia del gobierno mexicano ha sido, hasta ahora, la correcta. Cabeza fría, negociación técnica, canales abiertos. Marcelo Ebrard ya sostuvo tres rondas bilaterales con el USTR, y la siguiente será el 20 de julio en Ciudad de México. México llegó con trece planteamientos propios, mientras que Estados Unidos redujo los suyos de cincuenta y cuatro a catorce. Eso es negociación, no rendición. Y refleja algo que a veces olvidamos. Nuestro país no es un espectador en esta mesa, es un socio con instrumentos, con datos y con contrapesos.

¿Debemos estar atentos? Por supuesto. ¿Debemos hacer la tarea en casa, con certeza jurídica, energía competitiva y Estado de derecho, para capitalizar la relocalización que sigue tocando la puerta? Sin duda. Pero no debemos confundir el ruido con la realidad. El T-MEC entró en una etapa de revisión permanente, no de agonía. México conserva su acceso al mercado más grande del planeta y una ventaja competitiva que ningún otro país tiene. La política de Trump cambia con la hora del día. Los fundamentos económicos, no.

Lo importante ahora no es reaccionar al titular de los periódicos o columnas de mañana. Es entender que el tablero cambió, que México sabe jugar en él, y que, contra lo que muchos pretenden vender, la mano que tenemos sigue siendo, por mucho, mejor que la de casi cualquiera.

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Paranoia por El Mayo

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Solitos se enredan.
Unas memorias y un reportaje sacaron de balance al obradorato. En un libro que está por publicarse, el ex embajador Ken Salazar escribió que López Obrador tiene miedo de lo que El Mayo Zambada pueda decir en Estados Unidos, según le comentó un confidente del ex presidente.

Por su parte, el periodista Luis Chaparro reveló que el FBI se adjudica la captura y traslado a Estados Unidos del emblemático líder del Cártel de Sinaloa. Llamaron a la operación Reyes del Aire y presentaron la aeronave que utilizaron como trofeo en un museo de Nuevo México.  

Sheinbaum utilizó dicha nota para acusar a Ken Salazar de mentir porque, ante los reclamos de López Obrador, negó la participación de agencias norteamericanas. Pero es pueril esperar que el diplomático reconociera que su país violó el derecho internacional y las leyes mexicanas para detener al capo.

Además, es muy probable que él no estuviera enterado, pues es conocida la desconfianza que le tenían en Washington, debido a su notoria cercanía con el ex presidente.

Lo cómico es que después de llamarlo mentiroso, Sheinbaum da veracidad a los dichos de Salazar con el periodista Jorge Ramos, en los que afirma que no tiene evidencia de los vínculos de López Obrador con los cárteles.

Es tal la obsesión por defender a su antecesor, que la presidenta argumenta que éste detuvo y extraditó a Ovidio, omitiendo que antes lo soltó. Y para contraatacar menciona a García Luna, pero éste detuvo y extraditó a no pocos criminales.

Asegura que el ex secretario de seguridad es culpable porque así lo determinó un jurado en Nueva York; sin embargo, se niega a entregar a Rocha Moya para que sea juzgado por esa misma Corte.

Mientras exige explicaciones a Estados Unidos se las niega a los mexicanos. Relaciones Exteriores reservó por cinco años las comunicaciones con ese país sobre los políticos sinaloenses de Morena que son requeridos por la justicia norteamericana. Piden pruebas y, cuando se las dan, las ocultan.

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El Mundial se despide de México, perdimos el partido, pero ganamos al mundo

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El Ágora

Por Ana Gómez

Con los octavos de final se apagaron las luces mundialistas en suelo mexicano. Fue la última vez que el balón rodó de este lado de la frontera, y México lo despidió como lo recibió, con la casa llena, el corazón abierto y la frente en alto. No pasamos a cuartos, pero pocas veces una eliminación había sabido tan a victoria.

Un adiós de pie frente a Inglaterra

El domingo, en el estadio de la Ciudad de México, la Selección Nacional se midió ante Inglaterra. El Tri cayó 3-2, pero jugó de tú a tú frente a una de las potencias europeas. México llegó a esa cita como el mejor de los tres anfitriones, el único que ganó sus tres partidos de grupos sin recibir un gol, y que rompió una sequía de cuarenta años al vencer 2-0 a Ecuador, su primera victoria en eliminatoria desde 1986.

Contra Inglaterra, aun con el rival golpeando primero y el partido demorado por tormenta eléctrica, el equipo de Javier Aguirre nunca renunció a proponer. Quiñones y Jiménez volvieron a marcar; la remontada no llegó, pero el mensaje sí, esta ya no es la selección que juega es la que compite. Es un equipo que le disputa el balón, el terreno y el orgullo a cualquiera. Perdimos el partido, pero no la dignidad. Y ese es el verdadero saldo tras el mundial, donde México demostró que va en camino a codearse con las selecciones más competitivas del planeta, con una generación encabezada por Gilberto Mora, 17 años, como símbolo que promete llevarnos más lejos rumbo a 2030.

La verdadera Copa

México no levantó el trofeo en la cancha, pero lo levantó en el corazón de todos los que nos visitaron. Nuestras calles fueron el punto de encuentro del planeta, donde aficiones que jamás se habían visto terminaron abrazándose en el Zócalo, en Guadalajara y en Monterrey; mariachis recibieron a las selecciones a las puertas de sus hoteles; ciudades enteras se volcaron a hacer sentir en casa al que venía de lejos. El turismo mundialista dejó derrama económica en hoteles, restaurantes y comercios, pero dejó algo que no cabe en una hoja de cálculo la certeza de que México sabe abrir la puerta como nadie.

La comparación entre los tres organizadores no fue amable con todos por igual. La prensa internacional reconoció en Estados Unidos los estadios imponentes, pero cargó contra los precios desbocados, el transporte insuficiente, una ola de calor que mandó aficionados al hospital y la sombra de una política migratoria que convirtió la bienvenida en un trámite de miedo. Canadá fue elogiado por su seguridad y firmó su mejor Mundial en la cancha, aunque quedó como el primer anfitrión eliminado.

Y en medio, México se llevó los elogios que más valen, como el del ambiente, el de la pasión, el de la gente. Cuando el mundo comparó las tres casas, la balanza de la simpatía se inclinó hacia la nuestra. No porque tuviéramos los estadios más nuevos ni los presupuestos más altos, sino porque ofrecimos lo que ningún dinero compra, una fiesta de verdad, abierta a todos, sin importar religión, o ideología política.

T-MEC

Fuera del césped, el Mundial recordó que estos tres países comparten algo más que la organización de un torneo. El T-MEC no se renovó formalmente en medio de la retórica arancelaria y las tensiones de estos meses, pero sigue vigente y sigue siendo motor de nuestra economía. Como el propio torneo, es un recordatorio de que Norteamérica está condenada a entenderse, tanto en el comercio, como el fútbol, funciona mejor en equipo que en lo individual. 

Con los octavos, el Mundial cierra su capítulo mexicano. A partir de los cuartos de final, la pelota rueda solo en Estados Unidos, y desde acá seguiremos de cerca las últimas fases que definirán al campeón del mundo. Pero lo nuestro, lo que pasó en nuestras calles y estadios, ya quedó escrito. Gracias por cada abrazo entre desconocidos, por cada afición que se sintió en casa, por cada jornada que nos recordó por qué este deporte junta lo que la política separa. Y gracias, sobre todo, a la Selección Nacional y a su cuerpo técnico, nos vamos con la frente en alto por una actuación que enorgullece. El torneo se nos fue de casa, pero no se nos fue del corazón.

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Mrs. & Mr. Kelce

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Desde la Tribuna

Por Laura Sandoval

Hubo un tiempo en que las historias de amor pertenecían a los poetas.

Hoy también pertenecen a los departamentos de marketing.

La boda de Taylor Swift y Travis Kelce no fue únicamente la unión entre la artista más influyente de su generación y uno de los jugadores más carismáticos de la NFL. Fue la culminación de un fenómeno cultural que borró las fronteras entre el deporte, la música, el entretenimiento y los negocios. Durante unas horas, Nueva York dejó de ser solamente la capital financiera del mundo para convertirse en el escenario del acontecimiento que monopolizó conversaciones, titulares y pantallas alrededor del planeta.

Vivimos en una época en la que las celebridades ya no solo protagonizan historias: construyen ecosistemas económicos.

Taylor Swift no llegó al fútbol americano para convertirse en una aficionada más. Llegó —quizá sin proponérselo— para demostrar que una sola persona puede alterar la conversación de la liga deportiva más poderosa del planeta.

Cuando apareció por primera vez en un palco del Arrowhead Stadium en 2023, millones de personas que jamás habían visto un partido comenzaron a preguntarse qué era una ofensiva, quién era Travis Kelce y por qué todos hablaban de los Chiefs. La NFL ganó nuevos públicos, las transmisiones crecieron, las redes sociales explotaron y las ventas del jersey número 87 se dispararon en cuestión de horas. Kelce dejó de ser únicamente un futuro miembro del Salón de la Fama para convertirse en una figura global de la cultura pop.

Eso es mucho más que una historia romántica.

Es una lección de negocios.

Porque Taylor Swift nunca ha sido solamente una cantante. Es una empresa, una industria y una marca capaz de mover ciudades enteras con un concierto y de transformar cualquier producto que toca en un fenómeno de consumo. Los economistas bautizaron ese impacto como Swiftonomics: la extraordinaria capacidad de generar miles de millones de dólares en actividad económica simplemente por existir en la conversación pública.

Travis Kelce tampoco es únicamente un ala cerrada. Su podcast, sus campañas publicitarias, sus contratos de patrocinio y su imagen crecieron exponencialmente gracias al puente que se creó entre dos audiencias que rara vez convivían: los aficionados al fútbol americano y los millones de seguidores de Taylor alrededor del mundo.

Juntos no representan solamente una pareja.

Representan la fusión de dos imperios.

Y quizá por eso la boda celebrada en el Madison Square Garden fue tratada como una auténtica coronación contemporánea. Cerca de mil invitados asistieron bajo un estricto protocolo de privacidad: teléfonos prohibidos, acuerdos de confidencialidad y un impresionante operativo de seguridad que cerró varias calles de Manhattan. El actor Adam Sandler, amigo cercano de ambos, ofició la ceremonia, mientras Austin Swift acompañó a su hermana como Man of Honor y Jason Kelce hizo lo propio como padrino de su hermano. Taylor y Travis vistieron diseños exclusivos de Dior creados por Jonathan Anderson, y la cantante complementó su atuendo con joyas de Cartier. 

La lista de invitados parecía una mezcla entre los premios Grammy, los Óscar y el Super Bowl: Ed Sheeran, Gigi Hadid, Bradley Cooper, Hugh Grant, Jason Sudeikis y decenas de figuras del entretenimiento compartieron espacio con Patrick Mahomes, George Kittle, Cooper Kupp, Chris Jones y el legendario Andy Reid. Afuera del recinto, miles de personas permanecieron durante horas bajo el calor del verano neoyorquino con la esperanza de presenciar, aunque fuera a la distancia, un momento histórico. Las pantallas del Madison Square Garden proyectaron el mensaje “JusT&T Married”, mientras el Empire State Building se iluminó de azul en honor a los recién casados. La prensa estadounidense no tardó en bautizar el acontecimiento como “la boda real de Estados Unidos”.

Pero esta historia también tiene antecedentes.

La NFL siempre ha estado ligada al glamour. Tom Brady y Gisele Bündchen construyeron durante más de una década la imagen de la pareja perfecta: belleza, éxito, campeonatos y una influencia global que trascendía cualquier estadio. Russell Wilson y Ciara demostraron que la música y el fútbol podían convivir como una poderosa plataforma de inspiración y filantropía. Christian McCaffrey y Olivia Culpo llevaron la moda y las redes sociales al centro de la conversación deportiva. Y mucho antes de la era digital, Joe Namath ya entendía que una estrella de la NFL podía convertirse en un ícono cultural.

Sin embargo, ninguna de esas historias consiguió algo que sí lograron Taylor y Travis.

Transformar cada aparición pública en un acontecimiento financiero.

Cada fotografía en una campaña publicitaria.

Cada concierto en una promoción indirecta para la NFL.

Cada partido en una oportunidad para atraer nuevos públicos.

Nunca antes una relación sentimental había conectado con tanta naturalidad dos de las industrias de entretenimiento más rentables del planeta. Su romance demostró que el deporte puede convertirse en espectáculo global y que la música puede irrumpir en el corazón mismo de la conversación deportiva.

Quizá ese sea el verdadero legado de esta historia.

No será el vestido.

No será el estadio.

Ni siquiera las fotografías.

Será haber demostrado que, en el siglo XXI, el amor también puede convertirse en una de las estrategias de marca más poderosas jamás construidas. Un vínculo capaz de generar audiencias, activar mercados, mover patrocinios y redefinir la cultura popular.

Porque algunas parejas hacen historia.

Otras cambian industrias.

Taylor Swift y Travis Kelce hicieron ambas cosas.

Y si su romance ya era extraordinario, la noche en que Nueva York los vio darse el “sí” terminó por convertirlo en leyenda. No fue únicamente una boda. Fue la demostración de que, cuando convergen la mayor estrella del pop y uno de los rostros más importantes de la NFL, el amor deja de ser un asunto privado para transformarse en un fenómeno económico, mediático y cultural.

Eso no lo consigue una pareja.

Lo consigue un fenómeno de época.

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¿Y si sí?

¿Y si sí?

Se vale soñar.
Para que las cosas valiosas sucedan hay que desearlas, creer que se pueden lograr y poner manos a la obra. No caen del cielo, ni son producto de la suerte, requieren preparación, inteligencia y esfuerzo. Cuando se tratan de logros colectivos, además se requiere de apertura, generosidad, reconocimiento mutuo, inclusión y trabajo en equipo.

Lo vemos con la Selección y su ascendente paso en el Mundial, lo que ha hecho una electrizante conexión con la afición… ¡y vaya que pesa el jugador número 12!. En ese contexto se abrió paso la pregunta de la esperanza.

“¿Y si sí?”, se oye en todo México y resonó con fuerza en El Azteca. Hacer el sueño realidad, sobrepasando obstáculos y dificultades, rompiendo jetaturas y quinielas, para lograr lo que parece imposible y nunca, hasta ahora, se ha logrado. Con esa ilusión se desborda el Ángel, la Minerva, la Macroplaza e infinidad de otras plazas y avenidas a lo largo y ancho del país.

Ese ímpetu esperanzador trasciende el futbol, pues tenemos muchos retos como nación. Por ejemplo, lograr un sistema de salud eficiente y acabar con el desabasto de medicinas. Superar el rezago y que la educación básica sea de calidad. Que haya crecimiento económico, empleo y oportunidades para los jóvenes. Depurar y separar al Estado del crimen organizado para tener seguridad y recuperar la soberanía donde hoy mandan los delincuentes. Que las madres no tengan que remover la tierra para buscar a sus hijos. Ponerle límites al poder en un sistema de equilibrios, contrapesos y certeza jurídica. Volver a la senda la democracia y darle vigencia y plenitud a nuestras libertades hoy escamoteadas.

En síntesis, sacar a Morena de Palacio Nacional y construir pluralmente al México que nos enorgullezca a todos. Es verdad que tienen todo el poder y lo usan de manera facciosa para no soltarlo nunca. Que son dueños de la cancha desnivelada y del árbitro, pero no les será suficiente si despiertan los mexicanos. Preguntémonos de nuevo: ¿Y si sí?

Fernando Belaunzarán en Instagram: @fer_belaunzaran, en X: @ferbelaunzaran

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